San Gaspar

San Gaspar del Búfalo

Roma - Italia
1786 - 1837



Anotaciones sobre la vida de San Gaspar del Búfalo

Gaspar del Búfalo nace el 6 de enero de 1786 en Roma, la Ciudad Eterna. En esa época, Roma no era la capital de un país unificado tal como lo conocemos hoy en día. Lo que actualmente es Italia era –en los tiempos de Gaspar- una serie de repúblicas, ducados y reinos. Así, Roma era la capital de los Estados pontificios, ubicados en el centro de Italia, y el Papa regía como la máxima autoridad civil de esos territorios.

El padre de Gaspar se llamaba Antonio del Búfalo y su madre, Annunziata Quartieroni. Ambos trabajaban en el Palacio Altieri; él como cocinero y ella como sirvienta. Los Altieri conformaban una de las familias más prominentes de Roma. Entre sus ancestros más destacados se encuentra el Papa Clemente X, cuyo pontificado se extendió desde 1670 a 1676. En la época de Gaspar, el jefe de la familia era el príncipe Don Paluzzo.

Gracias a la amabilidad de Don Paluzzo Altieri, desde el año 1787, el matrimonio del Búfalo habitaba una pequeña pieza del palacio. No solamente vivían ellos dos sino que también llevaron a sus dos hijos: Luis, de cinco años y el pequeño Gaspar, que tenía solamente uno. Cuando todavía era un infante, Gaspar enfermó gravemente de los ojos y se pensó que quedaría ciego de por vida. su familia, muy religiosa, dirigió sus oraciones a San Francisco Xavier, uno de los más importantes santos de la Compañía de Jesús. Milagrosamente, Gaspar logró recuperarse y el hecho fue atribuido al santo jesuita.

Desde edad muy temprana, el joven Gaspar mostró una gran inclinación por el servicio sacerdotal. Se subía sobre una silla y empezaba a predicar a sus pequeños compañeros. Junto con dos amigos, María y Pippo, Gaspar planeaba ir a Turquía para dar a conocer la palabra de Cristo. Sin embargo, muy rápidamente el plan fue descubierto por sus padres y, de esta manera, la primera empresa misionera en la vida de Gaspar del Búfalo quedó desarticulada, aunque jamás lo sería su inmensa vocación de servicio.

Cuanto tenía once años de edad, Gaspar comenzó a vestirse como monje. Empezó a visitar los hospitales y a darse cuenta de que así como existían muchas personas que sufrían a través del cuerpo, muchas otras lo hacían por el espíritu: eran almas vacías y doloridas. Es de imaginar el enorme impacto que este escenario pudo haber causado en el joven santo, sufrimiento y penan moldearon el espíritu y la misericordia de Gaspar y le hicieron entender que era necesario llegar a los lugares en donde habitaban personas carentes de ese impulso salvador que solo la fe en Cristo puede ofrecer.

La vida educativa de San Gaspar del Búfalo transcurrió en su ciudad natal. De niño asistió a una escuela pública. A los dieciséis años pasó al prestigioso Colegio Romano, fundado por San Ignacio de Loyola en 1550. Allí recibió los cursos de Filosofía, Matemáticas, Física y Teología. Fue precisamente en las aulas universitarias donde el espíritu de Gaspar tomó forma y aprendió a dominar los impulsos de su niñez. Los cursos en los que más destacó fueron –obviamente- todos los concernientes a la religión y a la teología. Sin embargo, cuando sentía alguna dificultad con la filosofía o las matemáticas, en lugar de deprimirse, se recogía ante la imagen de la Virgen María o de un crucifijo y la tranquilidad llegaba.


Tambores de guerra

La Revolución francesa había estallado en 1789, cuando Gaspar contaba apenas tres años de edad. Este gran movimiento social había logrado remecer y derrumbar toda la compleja estructura de la sociedad francesa del Antiguo Régimen.

El pueblo se levantó contra el abuso de las clases superiores y –muy pronto- empezarían a rodar cabezas, literalmente. Por la guillotina desfilaron el rey y la reina de Francia –Luis XVI y María Antonieta-, muchos nobles franceses y más tarde algunos principales revolucionarios como Maximilien Robespiere. Se calcula que la cantidad de muertos bajo la guillotina rondó las cuarenta mil personas.

La revolución llegó también con un fuerte sentimiento de anticlericalismo. Como es sabido, el siglo XVIII –también conocido el Siglo de las Luces- tuvo entre sus principales características la mayor importancia que se daba a la inteligencia y a la razón que a las cuestiones de la fe. Así, los principales líderes revolucionarios tuvieron fuertes encuentros con la Iglesia Católica, ya que la consideraban una aliada natural de las clases altas, poseedora de enormes cantidades de tierra y, por ende, de una gran riqueza material. Entonces, se confiscaron muchos terrenos y los sacerdotes que se oponían al nuevo gobierno eran tomados prisioneros o incluso asesinados. El sentimiento antirreligioso de la época revolucionaria llegó a tal extremo que hasta se creó un nuevo calendario, denominado republicano, en reemplazo del gregoriano –que es el que actualmente se sigue en la mayor parte del mundo- y regía desde 1582 impulsado por el Papa Gregorio XIII. El nuevo calendario eliminó toda referencia religiosa de él. Así, por ejemplo, se suprimió la asociación dada a cada día con un santo.

Además los nombres de los meses y días correspondían a fenómenos naturales, términos agrícolas e incluso nombres de animales, minerales y plantas. Este calendario tuvo una vida de tan solo doce años. Como puede observarse, el intento por eliminar la influencia religiosa de la población abarcó todos los ámbitos de la vida de las personas. Era solo cuestión de tiempo para que el conflicto llegara a Roma.

El gobierno de Francia, en ese entonces el Directorio, comenzó a presionar al Papa Pío VI para que obligara al clero francés a jurar fidelidad a la República y al gobierno que le representaba. El cumplimiento de este requisito era necesario para que el catolicismo perdurara en Francia. Ante las dudas del Papa, el ejército francés liderado por Napoleón Bonaparte, llegó a Italia en 1796. Tras una serie de batallas y conquistas sobre los Estados Pontificios, el ya anciano Pío VI fue tomado prisionero y murió el 29 de agosto de 1799. Finalmente, en 1801, teniendo ya a Napoleón Bonaparte como primer cónsul de Francia, y a Pío VII como Papa, se reiniciaron las relaciones entre ese país y la Santa Sede que terminaron con la firma de un Concordato que permitió la existencia del catolicismo en Francia –aunque no era la religión oficial del Estado-; las tierra confiscadas por el Estado francés a la Iglesia católica no serían devueltas y volvería a regir el calendario gregoriano. El poder de Napoleón Bonaparte no cesaría de incrementarse y llegaría a regir los destinos de Europa bajo el título de emperador de Francia, desde 1804 hasta su caída en 1815 tras la batalla de Waterloo.


Vida sacerdotal de Gaspar

Mientras estos acontecimientos ocurrían en Francia y en el resto de Europa, la vida sacerdotal de Gaspar del Búfalo empezaba a tomar forma. En 1800 recibe la tonsura, un procedimiento por el cual el obispo le rapaba el pelo de la parte superior de la cabeza.

Al año siguiente es ordenado exorcista y acólito. Y, finalmente, el 31 Y, finalmente, el 31 de julio de 1808, es ordenado sacerdote en la iglesia de los Misioneros de San Vicente de Paul, en Montecitorio, Roma, por el Cardenal Despuig. Tenía entonces veintidós años de edad.

El sueño de su niñez y la meta trazada en su juventud habían sido por fin alcanzados.

Mientras tanto, las relaciones entre Napoleón y Pío VII se habían comenzado a desgastar al punto que en 1809 el imperio francés incorporó los Estados Pontificios a sus dominios y apresó al Papa. Este estaría cautivo hasta su liberación en 1814.

Ese fue el ambiente social que tocó vivir al joven sacerdote Gaspar, una situación peligrosa para los seguidores de un papa que empezaba a ser visto como enemigo por parte de la principal potencia europea de la época.

Una de sus principales actividades era el cuidado de sacerdotes necesitados que arribaban a la Ciudad Eterna. Eran sacerdotes pobres que llegaban en peregrinaje a las tumbas de los apóstoles; muchos de ellos estaban enfermos y necesitaban atención.

Gaspar iba entonces a los hospicios para cuidarlos, hacer labores de limpieza y atender a los enfermos. Es de imaginar también que en estas largas jornadas de interacción con diferentes personas que llegaban de lugares lejanos con diversas experiencias sobre sus viajes hizo surgir en el alma de Gaspar la necesidad de llevar el mensaje de Cristo a los lugares más necesitados, ahí donde la incredulidad, la desesperanza y el miedo eran fuertes. Era imperioso levarles un regalo de fe.

La gran prueba para Gaspar sucedió cuando el 12 de junio de 1810 llegó una carta a su casa en donde se le informaba que debía asistir al día siguiente a la Jefatura de la Ciudad para rendir un juramento de fidelidad al emperador. Puntualmente, Gaspar acudió a la entrevista acompañado de su padre. El encargado de realizar este trámite fue un hombre llamado Olivetti, quien le empezó a informar sobre la necesidad de los sacerdotes de ser buen ejemplo para los feligreses y que, por ende, debía prestar juramento hacia la figura del emperador francés Napoleón Bonaparte. Mientras Olivetti hablaba, Gaspar percibió la situación que estaba enfrentando: lo estaban obligando a firmar un juramento de lealtad hacia una persona que había mandado arrestar al papa, al representante de Dios en la tierra y que, además, había comenzado un régimen de persecución a sacerdotes romanos. Gaspar sabía exactamente qué responder cuando se le pidió su respuesta: No puedo, no debo, no quiero.

Un silencio incómodo invadió la sala. Antonio –el padre de Gaspar- quedó sorprendido y conmocionado. Conocía lo que les sucedía a los sacerdotes que no aceptaban jurar fidelidad al emperador de los franceses: el exilio. Temió por la seguridad de su hijo y por el letal castigo que este recibiría. Pensó en el dolor que el destierro de Gaspar causaría en su esposa Annunziata. Y fue tentado por Olivetti para que interceda en la respuesta del joven sacerdote y lo hiciera cambiar de parecer. Antonio, que como buen padre sabía reconocer el momento exacto en que los hijos son llamados a seguir su propio destino, respondió severamente: ¡Ciudadano comisario, hágame fusilar primero a mí y después a él, pero él no jura! La audiencia había terminado.

Tan pronto llegaron a casa, la expresión de Antonio y Gaspar hizo que Annunziata comprendiera que había ocurrido algo malo. Madre e hijo se abrazaron y lloraron por la obligada separación que se avecinaba. Sin embargo, aunque la partida del menor de sus hijos le quebraba de dolor el alma, pronto comprendió que Gaspar había nacido para seguir el camino que Dios le había propuesto.


Su obra durante el exilio

El exilio tenía como dirección Piacenza. Esta ciudad estaba ubicada en la región de Emilia-Romaña, aproximadamente a unos 250 kilómetros al norte de Roma. En la mañana del 5 de julio de 1810 celebró la misa y luego aguardó que lo recogieran. Cerca de las ocho le confirmaron que lo estaban esperando para partir junto con otros deportados en la Plaza de San Marcos. Se despidió de sus padres con un fuerte abrazo y temió por la posibilidad de no volver a verlos. Uno de los acompañantes de Gaspar fue Francisco Albertini, quien se convertiría en uno de sus mejore amigos y sería un personaje fundamental en su vida.

Ya en Piacenza, comenzaría la enfermedad de Gaspar, aquella que no lo dejaría hasta la muerte. Era un mal que le hacía temblar el cuerpo y causarle continuos dolores de cabeza. Para una persona que había nacido en una ciudad grande como Roma –llena de gente, bulliciosa y por lo tanto con muchas cosas que hacer- el aspecto tranquilo de Piacenza, con una escasa población y hasta cierto punto aburrida, debió de ser una experiencia traumática. Este ambiente melancólico y lúgubre no hizo más que empeorar la condición de Gaspar. La situación llegó a ser tan delicada que incluso se le administraron los últimos sacramentos.

En ese momento trágico, la presencia de Abertini fue de vital importancia. Se dice que estando sentado cerca de un moribundo Gaspar, Albertini le narró que hacía poco había muerto Inés del Verbo Encarnado, una fiel sierva de Dios que le había contado que un día surgiría un apóstol que fundaría una congregación de sacerdotes misioneros de la Preciosísima Sangre. Este momento lo cambió todo. Las palabras de su gran amigo Albertini le habíandado nueva razón para vivir, habían levantado nuevamente la alicaída alma de Gaspar, tan duramente golpeado por el exilio y la enfermedad. Esa misma noche se levantó de su lecho y empezó a vincularse con sus nuevos proyectos.

A los pocos días, llegó la noticia d que los sacerdotes serían trasladados de Piacenza a Bolonia a finales del año 1810. A diferencia de Piacenza, Bolonia le pareció a Gaspar una ciudad más acogedora y abimosa. Allí empezó a retomar su actividad apostólica. Comenzó a predicar, a promover los ejercicios espirituales, los retiros, las charlas espirituales y acciones sociales.

Pero cuando las cosas parecían andar bien, cuando todo parecía haber encontrado un rumbo, la vida de Gaspar sufrió dos golpes devastadores. El 20 de octubre de 1811 falleció su madre tras una dilatada enfermedad, tal vez incrementada por la ausencia de Gaspar. Dos meses después, su fiel amigo Albertini, era enviado a la isla de Córcega. La soledad invadió entonces a Gaspar y se temió que los malos momentos vividos en Piacenza volvieran. Sin embargo, ante tantos infortunios, Gaspar supo encontrar la fortaleza y la esperanza necesarias para recomponer y seguir adelante.


St Felice Abbey

Fundación de los Misioneros de la Preciosa Sangre

Desde mediados de 1811 hasta comienzos de 1814, Gaspar estuvo recluido en cárceles y fortalezas de Bolonia y Florencia por rehusarse reiteradamente a jurar fidelidad al emperador. Recién con la caída de Napoleón se extendería un indulto general a todos los sacerdotes exiliados y en prisión. Gaspar tomó la decisión de regresar a Roma y en una entrevista con el mismísimo Pío VII, este le recomendó convertirse en misionero en lugar de entrar a la Compañía de Jesús.

El 30 de noviembre de 1814, el papa cedió el monasterio e iglesia de San Félix en una pequeña localidad llamada Giano para que sirviera como bastión para una sociedad de sacerdotes misioneros. Los cuatro primeros fueron Cayetano Bonnani, Adrian Giampiedi, Vicente Tani y Gaspar del Búfalo. Aquellos primeros sirvientes de Dios se pusieron a trabajar rápidamente para volver a abrir la iglesia para los lugareños. Finalmente, el 15 de agosto de 1815, la iglesia recibió al público y se colmó de feligreses. Y es desde esa fecha que comienza la historia de la Sociedad de Vida Apostólica de la Preciosa Sangre.

La búsqueda de otros sacerdotes con voluntad de entregar su vida a las misiones empezó rápidamente. Gaspar, desde Giano, encontraba nuevos aspirantes para el apostolado.

Uno de los principales logros de los misioneros fue diezmar el pandillaje y los grupos de bandidos que existían sobre todo en los pueblos y campos en el interior de los Estados Pontificios. Él pensaba que la mejor forma de acabar con estas Él pensaba que la mejor forma de acabar con estas prácticas era hablar con los bandidos, llevarles la palabra de Dios y hacerles entender lo equivocado de sus acciones. Así, desde 1815 hasta 1837, año de su muerte, los Misioneros de la Preciosa Sangre lograron abrir un total de quince casas de misiones en Italia.


Últimos días y el camino a la santidad

En agosto de 1837, Roma sufrió una epidemia de cólera. Él número de víctimas alcanzó cifras terribles. Mientras tanto, Gaspar no cesó su actividad misionera y continuó predicando, enseñando y asistiendo a los más necesitados. En uno de sus viajes a la localidad de Bassiano, el carruaje en que se transportaba junto a otros dos personas sufrió un accidente por lo escarpado del terreno y por la intensa lluvia. Aunque los viajeros pudieron sobreponerse y lograron llegar a destino, Gaspar cayó gravemente enfermo. La humedad, el frío y la intensa lluvia habían hecho estragos en su ya delicada salud. El último viaje realizado fue a Roma, por la invitación del Cardenal Odescalchi.

Conocía los graves sucesos que estaban ocurriendo en la Ciudad Eterna y la desolación que el cólera estaba causando entre los habitantes. Llegó a su ciudad natal en los primeros días de agosto, en plena estación de verano. Sin embargo, la enfermedad avanzaba en el débil cuerpo de Gaspar. Lucía fatigado, débil, pálido y respiraba con gran dificultad. Sufría de tos, náuseas y convulsiones. Gaspar sabía, en el fondo de su alma, que el final de sus días estaba cerca, y se dio cuenta de que al llegar ese día lo encontraría realizando labor para la cual había nacido y que practicaba desde niño, cuando se subía a sillas y hablaba frente a sus amigos: predicando. Finalmente, el 28 de diciembre de 1837, a los 51 años de edad, falleció en su ciudad natal, Roma. Su funeral se realizó al día siguiente y fue sepultado en la iglesia de San Pablo, en Albano. Al momento de su muerte, los misioneras de la Preciosa Sangre eran más de doscientos.

Su tumba fue rápidamente acogida como centro de peregrinación. Visitantes provenientes de diferentes lugares –incluso del extranjero- llegaban a Albano atraídos por la reputación de Gaspar. Su fama había alcanzado tal punto que los pedidos por la beatificación y canonización empezaron apenas dos años después de su fallecimiento. El Proceso Ordinario sobre su fama de santidad, sobre sus virtudes y milagros se inició examinando 42 testimonios.

La beatificación ocurrió el 18 de diciembre de 1904, tras comprobarse su intercesión en la curación, en 1838, de Octavio Lo Stocco, un pastor enfermo de pleuritis, y la sanación inesperada de Clementina Masini de Albono, en 1861, quien padecía una peritonitis crónica. La canonización se produjo medio siglo después, el 12 de junio de 1954, por parte del papa Pío XII. Los milagros que se le atribuyeron en esta ocasión fueron la curación de complicaciones de bronco-pulmonía de Francisco Campagna, en 1929, y la desaparición de un tumos maligno de Úrsula Bono, en 1934.