San Gaspar

Por: Dionicio Alberca, C.PP.S.



El tema tiene que ver fundamentalmente con lo que hoy llamamos “refundación” de nuestras comunidades religiosas: ¿Cómo respondería Gaspar hoy a los “gritos” de la Sangre en América Latina? Y, obviamente cómo nosotros debemos responder a estos “gritos” hoy en el Continente de la esperanza, pero también en el continente de la extrema pobreza.

Vale la pena preguntarse: por qué Gaspar se fijó en la sangre? Parece que en la época y el contexto social que le tocó vivir y realizar su misión el tema de la sangre estaba de moda. No es menos cierto que bíblicamente el tema de la sangre es algo fundamental.

Creemos que Gaspar supo ver el contexto histórico, social, religioso y político que le tocó vivir y trabajar. En este contexto fue interpelado y supo escuchar los “gritos” de la sangre. Esta manera de ver y de escuchar se convierte en una respuesta a esos “gritos” de la sangre. Gaspar responde al contexto a partir de su experiencia de Dios, hecha por el contacto con la sangre de Cristo, derramada de muchas maneras, y por la Palabra del Evangelio. Gaspar es un apasionado, es un apóstol de la sangre de Cristo. Gaspar escucha a los “gritos” que vienen del contexto y responde a ellos con la fuerza de la sangre y de la Palabra de Dios.


I. Intuiciones de la misión de San Gaspar

Gaspar es fiel al contexto que le tocó vivir, y como consecuencia tuvo intuiciones fundantes: intuiciones que le permitieron desarrollar la espiritualidad de la sangre de Cristo.

  1. Gaspar ve que es urgente una reforma de la Iglesia y del pueblo. La crisis moral, espiritual, religiosa, política, intelectual y social pesa sobre el pueblo y la Iglesia. La mayoría del clero es ignorante, es inmoral, y sin una espiritualidad cristiana válida. Gaspar dirá: “hay muchos sacerdotes, pero pocos ministros de la palabra”. Era necesaria la conversión del clero y la Iglesia en general.
  2. Para lograr la tan ansiada reforma de la Iglesia y del pueblo es necesario volver a la predicación de la palabra del Evangelio de Cristo. “Sin tuviera mil lenguas para anunciar la palabra”. Para esto funda una comunidad de misioneros como heraldos de la sangre de Cristo y predicadores de la palabra de Dios. Gaspar suscitó un gran movimientos de adoradores de la sangre de Cristo.
  3. A la basa de la reforma del clero y del pueblo está la devoción a la sangre de cristo. Decía Gaspar: “Soy sacerdote para distribuir los méritos de la sangre de Cristo”. La sangre de Cristo es el punto de apoyo y el impulso transformador de la vida y ministerio de Gaspar. Decir que la sangre de Cristo es el alma de la misión de Gaspar, significa que el centro de todo es la humanidad y la historicidad de Dios. La sangre, en este sentido, es la encarnación y la inculturación de Dios en la humanidad y en las diversas culturas.
  4. La vida comunitaria al servicio de la misión. Esta intuición de Gaspar se plasmó en la creación de las casas de misión, como lugares o espacios de hospitalidad y acogida hacia dentro y hacia fuera. Gaspar entiende la misión como un volver al proyecto evangélico. Es un contemplativo en la acción; por eso, es capaz de responder a los “gritos” de la sangre.
  5. Gaspar opta por el pobre, aunque sea un poco asistencialista, pues es hijo de su tiempo. Ayuda a los sacerdotes pobres, enfermos y ancianos, colabora en los hospitales, se preocupa por los campesinos pobres que vienen a la plaza Montanara a buscar trabajo, etc.

II. ¿Cómo encarnaría Gaspar hoy la espiritualidad de la Sangre?

Gaspar formuló la devoción a la sangre de Cristo con el lenguaje y la devoción de su tiempo. La pregunta es: ¿Cómo Gaspar desarrollaría hoy la espiritualidad de la sangre en América Latina? Obviamente hoy es distinta la forma de entender y formular la espiritualidad de la sangre de Cristo. Depende de nosotros que Gaspar tenga significatividad en América Latina.

  1. La sangre de la vida y la salud: En las Escrituras, la sangre es VIDA , es el aliento de Dios que nos hace vivir; por lo tanto, la sangre que es vida pertenece a Dios (Lv 17,11-14; Dt 12,16.23). La sangre es lazo de comunión entre Dios y la humanidad (Ex 24,4-8). La sangre MUERTE cuando es derramada por la violencia de los seres humanos (Gn 4,10). Vivimos en un continente donde se derrama la sangre todos los días. La sangre es el evangelio de la vida, de todo tipo de vida.
    La espiritualidad de la sangre nos lleva a comprender que la VIDA es el valor supremo y todo está supeditado a ella, y los nosotros tenemos que aprender a respetarla, valorarla y defenderla. Defender la vida en todos los niveles: esto nos llevará a compromisos que abarcan desde el problema ecológico hasta la defensa de los Derechos humanos, especialmente de los que los tienen amenazados: los pobres, las mujeres, los indígenas, los campesinos, los niños (as), los trabajadores, etc.
    La dignidad, la estima propia y de los demás, el desarrollo físico sano, la no aceptación de drogas y otras dependencias están incluidas en esta área.
  2. La sangre de la alianza: La alianza es el vínculo de solidaridad de Dios con la humanidad; es el proyecto de fraternidad universal que Dios quiere para todos los seres humanos. Significa un compromiso de vida (desde que nace hasta que muere), de conexión y comunión con Dios y con las personas.
    El Antiguo Testamento habla de una serie de alianzas: con Noé, con Abrahán, con Moisés. La Nueva y Eterna alianza se realiza con la vida, práctica, muerte y resurrección de Cristo, constituyéndose en una nueva relación con Dios y entre las personas. La sangre de la alianza significa: solidaridad, inclusión, dignidad de la vida humana, una cultura de vida, y el amor sin fronteras de Dios con la humanidad; es esperanza y alegría.
    La espiritualidad de la sangre nos exige vivir en alianza, lo que implica la capacidad de relación en todas sus dimensiones. Estas relaciones están guiadas por el amor como capacidad de salir de nosotros y poner a la otra persona como la más importante. Es lo opuesto del egocentrismo que nos lleva a ponernos a nosotros mismos como el centro de todo, como el hueco del keke.
    Implica aprender a dialogar y a comunicar; a vivir en la hermandad, relacionándonos en condiciones de igualdad, sin sentirnos superiores ni inferiores; a compartir la vida. Aprender a superar todo lo que daña estas relaciones como es el machismo, el racismo, la discriminación social, cultural o religiosa, la prepotencia. Hay que desarrollar en nuestra comunidades y en nuestras pastorales la capacidad de aceptación y valoración de los diferentes y aprenderemos a colaborar con ellos aportando cada uno su diferencia como una riqueza y no como algo que tenemos que superar.
    El respeto debe ser para con nosotros mismos y para las personas con las que nos relacionamos. Es tratar con la consideración que cada uno merece por el hecho de ser persona. El respeto se expresa en todos los actos de la vida cotidiana y en la interacción con los demás.
    La solidaridad y la misericordia deben marcar estas relaciones, por lo que no las entendemos como “lástima”, “limosna” o asistencialismo. Significa tomar al prójimo como referencia permanente y tener una actitud de servicio buscando la promoción del colectivo, apoyando a todos para ser cada vez mejores. Ser solidario significa también oponerse al abuso y a la complicidad con conductas no constructivas de nuestros hermanos (as), de la gente con quien trabajamos, ayudándolos a superarse. Es también poner en el propio corazón la “miseria” (necesidad) del otro y responder a ella (cf. Lc 7,13-15; 10,33-35).
    Es también alianza con nuestro pueblo y desarrollo del amor a las culturas latinoamericanas, amor a nuestra gente, esto supone conocer e identificarse con sus culturas, sus historias, sus costumbres y espacios. Dada la situación que vivimos en nuestros países latinoamericanos (multilingüismo, pluriculturalidad y multietnia) una expresión concreta e importante de este valor es la interculturalidad, entendida como el respeto y valoración de las diferencias culturales y personales que permitan la convivencia democrática en una sociedad plural que anhela ser continente. Descubrir que en esas relaciones con los otras personas es donde se vive la relación con Dios. En el enuentro con el otro pasa Dios.
  3. La sangre de la cruz de Cristo: La sangre de Cristo nos habla en forma especial del sufrimiento del mundo. La cruz es señal, en primer lugar, del sufrimiento injusto de tantos hombres y mujeres, que sufren hambre, pobreza, injusticias, violencia, abandono, opresión y exclusión. Son situaciones en las que viven inmersos millones de latinoamericanos.
    La sangre de la cruz es expresión del sufrimiento de Jesús, del Hijo de Dios que no conoció el pecado, del inocente que sufre injustamente. En este sentido, la sangre de la cruz es un signo claro de la solidaridad y el compromiso de Dios con las víctimas y todos los crucificados de la historia.
    La sangre de la cruz significa que, la muerte de Jesús tiene responsables concretos y causas históricas. Por eso la sangre derramada en la cruz es denuncia a todo sistema de muerte, que mata y destruye la vida. La sangre de la cruz nos hace recordar los sufrimientos que inflingimos a los además, revela el pecado y la maldad de unos contra otros, muy presentes en nuestro mundo, y que causa sufrimiento, muerte y destrucción.
    La sangre de la cruz como sufrimiento del mundo – de la creación y de los pobres – asumido por el sufrimiento de Cristo se traduce en gritos o clamores que tienen que ser escuchados por la familia de la Sangre de Cristo. Implica solidaridad y capacidad de salir de nosotros mismos para ir al encuentro de Cristo crucificado en la periferia de la ciudad (Hb 13,10-13; Jn 19,25).
    La resurrección de Cristo nos revela a un Dios que no sólo escucha el clamor de la víctima Jesús, sino que sabe escuchar el clamor de todas las víctimas de la historia.
    La cruz es asumida como consecuencia de una manera de vivir en fidelidad a un proyecto en el que se cree y que se opone a los modelos oficiales de moda que matan y excluyen. Es saber vivir en fidelidad hasta las últimas consecuencias con el propio proyecto de vida, con el Dios en el que se cree y con las personas a las que se ama (cf. Jn 13,1; 15,13;17,4; 19, 28.30).
    La sangre de la cruz implica necesariamente desarrollar la reciedumbre y capacidad de resistencia frente a las dificultades; es aprender el aguante y la permanencia en los compromisos; es desarrollar la asertividad que no arremete ni responde con violencia, pero tampoco se deja aplastar o humillar.
    Implica crecer en la tolerancia a la frustración y la fidelidad activa frente a los conflictos y adversidades con la esperanza que nace de la fe en el proyecto que se vive.
    Significa crecer en la capacidad de servicio, entrega y donación de la propia vida, y asumir la defensa de las víctimas de la injusticia como compromiso primordial, viendo en los crucificados de la historia a Jesús crucificado.
    La responsabilidad es otro valor clave, inherente a la auténtica libertad (cf. Gl 5,1.13) y al compromiso social (cf. Mc 6,36-37). La persona responsable asume con seriedad las opciones que toma, los compromisos que suscribe y las consecuencias que traen esas opciones y compromisos.
    Todo esto debe estar enmarcado en un criterio de justicia; hay que ser justos dándole a cada uno lo que le corresponde por sus derechos, su situación, sus esfuerzo y necesidades. Como proyecto cristiano debemos superar lo equitativo para practicar la justicia evangélica, que es entrega y donación de nuestra propia vida a los demás.
    El compromiso social nace del amor a personas concretas que viven una situación que menoscaba su calidad de tales (cf. Ex 3,7-10). Este amor impide que seamos insensibles a las personas o indiferentes frente a la historia (cf. Sl 115,4-8), formándonos como agentes de cambio de la sociedad, jugándonos desde ahora para mejorarla.
  4. La sangre de la Eucaristía: La espiritualidad del cáliz eucarístico ha abierto para nosotros el sentido total del símbolo de la copa en la Biblia. Así, la sangre del cáliz tiene varios significados. El primero, es que en la eucaristía celebramos y nos comprometemos con el misterio de recibir y dar vida. Cristo nos ama hasta dar su vida por nosotros, para que recibiendo esta vida en la comunión, la podamos compartir y hacer circular a los demás. Comulgamos con el Cuerpo y la Sangre sacramentales para ser también hoy cuerpo y sangre de Cristo. Esta es la única razón por la cual comulgamos (recordamos las dos epíclesis de la II oración eucarística.
    La sangre del cáliz es también copa de sufrimiento de Cristo y del pueblo. El Apocalipsis presenta el cáliz de la cólera de Dios llenándose con los sufrimientos de los pueblos fieles a Dios (Ap 15,7; 16,1). En el momento oportuno, el cáliz del sufrimiento se desbordará en los juicios de Dios a los pecadores.
    Pero el cáliz es también el cáliz de esperanza y de vida; es la copa de Jesús ofrecida a sus discípulos durante la última cena como “la nueva y eterna alianza” (Lc 22,20). Si el cáliz de la eucaristía se ofrece a nosotros, estamos aceptando lo que Dios ha preparado para nosotros. Bebiendo del cáliz, asumimos solidariamente los sufrimientos de los demás. Colocamos en el cáliz la esperanza nuestra y la de los demás; esperanza de que la humanidad será redimida y liberada de toda esclavitud.
    La entrega y el compartir el cáliz eucarístico es más que el sacramento. Es un acto de compromiso de vivir en solidaridad con los que sufren, de compromiso con la memoria de Cristo y la esperanza de la resurrección, iluminando y sanando a un mundo desgarrado por la violencia y pecado.
    Entendemos la Eucaristía como la reunión de la comunidad cristiana que celebra la memoria y la presencia de Jesús resucitado y se compromete con su misión en el mundo.
    La mesa común de la Eucaristía nos compromete a llevar el amor al plano más elemental de las necesidades materiales para que haya condiciones de vida digna para todos. Y en esa mesa común se realiza la presencia del Dios solidario que reconcilia y libera.
    Los miembros de nuestras comunidades religiosas debemos aprender a compartir no solo la vida, sino llegar hasta el verdadero compartir de los bienes para que a nadie le falte lo necesario y a nadie le sobre lo que a otro le falta. Es aprender a vivir con lo necesario sin caer en la moda del consumismo; es luchar por la igualdad sin aceptar las desigualdades injustas del sistema.
    Es aprender a encontrar soluciones de justicia y solidaridad frente a la pobreza creciente e injusta de nuestro mundo; es negarse a aceptar el hambre como algo normal; es reconocer la responsabilidad que tenemos en relación con esto y descubrir las dimensiones sociales del problema y de la solución.
    Aprender a vivir en la gratitud por los bienes recibidos de la vida, de nuestros pueblos, de la tierra, de Dios y también en la gratuidad para compartir con otros lo recibido, sabiendo que todo lo que somos y tenemos lo hemos recibido.
    Crecer en la capacidad de donación y entrega en el servicio a los demás, hasta la entrega de la propia vida; aprender a entregar el cuerpo y derramar la sangre por la vida de los demás; reconocer la propiedad común frente al individualismo que nos impone la sociedad actual.
    Aprender a ser presencia de Dios en medio del mundo por la calidad de la entrega solidaria en la lucha por la justicia.
  5. La sangre de la reconciliación: La reconciliación por la sangre de Cristo presupone necesariamente una situación de violencia, conflictos, opresiones, totalitarismos, dictaduras, exclusiones, fundamentalismos, poder destructor de la globalización económica, muros que derribar, relaciones que restaurar y heridas que sanar (Is 23,5; 1Pd 2,24; Jn 20,19-29). Ante esta situación que clama por ser reconciliada, Dios sale de sí mismo, inicia y culmina la reconciliación en su Hijo Jesucristo (Rm 5,6-11; 2Cor 5,18-21). Hemos sido reconciliados por la sangre de Cristo (Col 1,20). La sangre de Cristo es nuestra reconciliación y nuestra paz (Ef 2, 12-16).
    La sangre de la reconciliación es la sangre de Cristo que sufre por haber asumido solidariamente el lugar de los excluidos, y desde ahí haber luchado por eliminar las causas de esa exclusión. Es la sangre del compromiso contra la intolerancia, la prepotencia, el poder que se impone, el absolutismo. Es la sangre del que reconcilia cambiando realmente las condiciones que causan exclusión y muerte en nuestro mundo.
    Ser agentes de reconciliación exige el aprendizaje y desarrollo de determinados valores para impulsar procesos de verdadera reconciliación cristiana.
    Exige en primer lugar los valores ligados a la verdad; “sin verdad no hay reconciliación”. La verdad, la memoria histórica, la contemplación están a la base de estos valores. Implica desarrollar la capacidad de escuchar el clamor de la sangre, de descubrir las urgencias de la vida y las amenazas a la misma; la sensibilidad frente a los signos de los tiempos, la capacidad contemplativa que permite descubrir a Dios presente hoy en medio de su pueblo.
    Aprender los caminos del discernimiento, analizar las situaciones y descubrir o crear caminos alternativos de solución. Crecer en el pensamiento divergente, en la creatividad, en la capacidad de tener visión, opinión y voz propia frente a la realidad.
    Desarrollar la creatividad, la fantasía, la capacidad de soñar y producir utopías, de abrir caminos alternativos, de encontrar salidas donde parece que no las hay.
    Exige también todos los valores relacionados con la justicia para la resolución no violenta de conflictos. Hay que aprender los mecanismos de la no-violencia activa, capacitarse en los mecanismos de resolución de conflictos. Seremos personas de perdón y de justicia, de fe y esperanza en Dios.
    Hay que crear espacios para las víctimas y aprender a darles refugio y acompañamiento para la sanación de sus heridas. Hay que crecer en las dinámicas propias del compromiso transformador.
    La reconciliación es la construcción de la paz. La paz es la relación de armonía con Dios, con los demás, conmigo mismo y con la creación. Jesús ha dado su sangre para restaurar el orden (paz, armonía) querido por Dios. Pero sabemos por experiencia que hay personas e instituciones que están creando caos, desorden, depredación de los recursos, contaminación de la naturaleza (agua, aire, tierra, persona humana).

Conclusión

La espiritualidad de la sangre de Cristo es la fuente y el impulso transformador de nuestra vida, de nuestra vida comunitaria, de nuestra misión apostólica y de nuestro compromiso social en América Latina. La espiritualidad de la sangre es el evangelio que tenemos que vivir y anunciar a los pueblos donde trabajamos.

Esta espiritualidad nos da una identidad y especificidad propias dentro de los diferentes carismas y formas de vivir la única espiritualidad cristiana. La espiritualidad de la sangre es una manera específica y concreta de vivir la espiritualidad cristiana. Dando testimonio de la sangre de Cristo con nuestra vida y con nuestros apostolados estamos dando razón de lo que somos y de lo que hacemos.

San Gaspar nos ayuda descubrir nuestra vocación de enviados (as) a inculturar, a encarnar la espiritualidad de la sangre de Cristo en los pueblos y culturales de América Latina. Esta es nuestra misión y esta es también nuestra contribución a la Iglesia Latinoamericana.