San Gaspar

Por: Tomás Chamaya, C.PP.S.



Se define la resiliencia como la capacidad de una persona o grupo para seguir en su proceso de formación humana a pesar de las dificultades difíciles y de traumas a veces graves que en la vida se presenta.

El adjetivo resiliente es tomado del Ingles: Resilient. En español y en francés: Resilience, se emplea en metalúrgica e ingeniería civil para describir la capacidad de algunos materiales de recobrar su forma original después de ser sometidos a una presión deformadora.

Sin embargo, la resiliencia se sitúa en una corriente de psicología positiva y dinámica de fomento de la salud mental y parece una realidad confirmada por el testimonio de muchísimas personas que, aún habiendo vivido una situación traumática, han conseguido superarla y seguir desenvolviéndose y viviendo, incluso, en un nivel superior, como si el trauma vivido y asumido hubiera desarrollado en ellos recursos potenciales y sorprendentes que salen renovados y enriquecidos de aquellas circunstancias adversas.

En una comunidad religiosa se encuentra diversas personalidades con diversas características temperamentales que, muchas veces, provocan respuestas positivas en los acompañantes o responsables de la formación, como en otras ocasiones se ven dificultados por estas.

Al interior de la comunidad, se define ciertos factores como presencia de apoyo incondicional por al menos una persona competente y emocionalmente estable, y la búsqueda de significados en los tiempos difíciles, al cual se le suele llamar tiempos de crisis.

Todos los que ingresamos a un estilo de vida religiosa, somos concientes que sufrimos ciertos cambios o alteraciones en la forma de compartir la vida con los demás, estos cambios modifican nuestra personalidad, nuestro carácter, nuestro estado de ánimo. Cuando una comunidad tiene como responsable a una persona, sea hombre o mujer, para asumir la dirección de la misma, muchas veces esta se ve afectada por los criterios que usa, o por la visión que para la comunidad tiene. Es muy complejo, aún, asumir una dirección que se base en la democracia o en la libertad con responsabilidad, ya que la mayoría de la comunidades religiosas, por no decir todas, tienen normas y estatutos que muchas veces condicionan a los integrantes de la comunidad, sobre todo a los que recién ingresan a formar parte de la vida comunitaria a los cuales se les llama aspirantes, luego postulantes, juniores, etc. No quiero decir con esto que no estoy de acuerdo con las normas o reglas que dentro de la comunidad existe, sino en la forma como estas se aplican. Muchos jóvenes que no están acostumbrados a un estilo como este, sienten la presión, el estrés ante las actitudes de un o una formador(a) que más que guía o acompañante se siente como un espía o una especie de panóptico.

Cuando converso con jóvenes religiosos o religiosas, en su mayoría expresan las grandes dificultades que experimentan en la comunidad y que aun no han desarrollado esta capacidad para proteger su propia integridad bajo presión o para poder conducir su vida dentro de la comunidad de manera positiva pese a circunstancias difíciles. Es por ello que considero, también, que la resiliencia se caracteriza por un conjunto de procesos que ayudan a tener una vida “sana”, viviendo en un medio “insano”.

¿Por qué interesa este enfoque de la resiliencia en la vida religiosa?

Porque hoy día se sabe como primario la necesidad de fortalecer a las personas interiormente para que puedan resistir a las dificultades de este mundo tan difícil. Tan globalizado. Fortalecerlos es informarlos, formarlos, favorecer las vivencias de cada etapa de formación, sin apurar sus tiempos y conociendo sus potencias y sus características espirituales. Para fortalecer y superar las adversidades en la vida religiosa es necesario desarrollar buena auto imagen de sí mismo, conocimiento de las fortalezas y debilidades, tomar los errores como lecciones y no como fallas o fracasos, siendo creativos, flexibles, preactivos, teniendo buenas relaciones emocionales, enseñando a saber pedir ayuda cuando se necesita, reflexionando antes de actuar, teniendo buen auto control, viendo la vida con optimismo, con sentido del humor.

Creo que en la vida religiosa como en cualquier grupo humano es de vital importancia desarrollar esta capacidad de poder hacer frente a las dificultades para crecer y madurar como personas, para ello es necesario mantener relaciones afectuosas, en donde este presente el amor, la sensibilidad, la comprensión, el respeto e interés que se incorporan a través del ejemplo ,en los hechos y no solo en las palabras, de tal manera que estos lleguen a cimentar un sentido de confianza en la vida comunitaria. Pienso, también, que en la vida religiosa es primordial identificar las fortalezas y ventajas más que detectar problemas y defectos.

En la vida religiosa ¿se desarrolla eficazmente la autonomía? Me da la impresión que no. Cuando un joven ingresa a una comunidad religiosa o diocesana se encuentra con un formador que en su mayoría dan órdenes, deciden por el joven y este se ve coaccionado por dichas prescripciones. Aun se mantiene en algunas comunidades la idea “la voz del formador es la voz de Dios” , “ la Santa obediencia” y es triste cuando una persona que ha desarrollado su autonomía en cuanto a hábitos (responsable de sus cosas) al ingresar a una comunidad o seminario su autonomía intelectual se fe afectada es decir, la toma de decisiones, la organización del pensamiento; así como la autonomía afectiva en cuanto a la capacidad de exteriorizar sentimientos con espontaneidad, de establecer relaciones sociales, etc, estas desaparecen o quedan adormecidas. Pero se dan casos que jóvenes que no han desarrollado estas capacidades desde el ambiente familiar ingresan con estas limitaciones que tienen que ser trabajadas en la vida religiosa.

Dentro de la vida religiosa existen también muchas dificultades a nivel personal, discusiones, enfrentamientos, pérdida del sentido de la vida y de la vocación, relaciones personales no adecuadas, falta de valía, entre otras; como en cualquier grupo humano. Sin embargo hace falta superar estas dificultades para salir airosos y poder asumir la vida con equilibrio. Por ello la resiliencia se presenta como la capacidad del ser humano para hacer frente a las adversidades de la vida, superarlas e inclusive, ser transformados por ellas (Grotberg, 1995). No olvidemos que la resiliencia se sustenta en la interacción existente entre la persona y el entorno. Es por ello que los y las religiosas al estar en el entorno interrelacionándose con otras personas debe saber o aprender a fijar límites entre uno mismo y el medio con problemas, mantener distancia emocional y física sin caer en el aislamiento, al mismo tiempo desarrollar la capacidad de establecer lazos e intimidad con otra gente, para equilibrar la propia necesidad de afecto con la actitud de brindarse a los otros.

¿Deseas ser un religioso resiliente? o ¿una religiosa resiliente? La resiliencia es un proceso que puede ayudarnos mucho en la formación de nuestra vida. Por ello promover la resiliencia es reconocer la fortaleza más allá de la debilidad. Apuntara a mejorar nuestra calidad de vida a partir de nuestros propios significados según como percibamos y enfrentemos al mundo. Ayudemos en este sentido a:

  • Descubrir en cada hermano o hermana los aspectos positivos y confiar en su capacidad de ser mejor de lo que es actualmente.
  • Ser capaz de ponerse en su lugar.
  • Contrarrestar la humillación, la desvalorización, porque afectan negativamente la imagen y la confianza de persona.
  • Predicar con el ejemplo, adoptando actitudes de respeto, solidaridad y comprensión.
  • Tener en cuenta las necesidades, dificultades y expectativas de cada hermano(a).
  • Estimular el desarrollo de la capacidade de escucha, y de la comunicación en general.
  • Usar límites, comportamientos tranquilizadores para vivir en un buen ambiente comunitario.
  • Desarrollar comportamientos consecuentes que transmitan valores.

Avancemos hacia un mundo mejor y para ello es importante entender la resiliencia como un proceso de superación de la adversidad y responsabilidad, ya que la resiliencia puede ser promovida con la participación de toda la comunidad y su entorno. Un enfoque en resiliencia permite que la promoción de la calidad de vida sea también una labor comunitaria, eclesial. Animar en los grupos en donde trabajamos que es mucho mejor asumir el reto hacia una calidad de vida en el respeto, en el diálogo y aprendiendo de los errores más que fijarse solo en los errores y “horrores” de la persona. Como dice el dicho popular “no eches más leña al fuego, ni hagas leña del árbol caído”.