espiritualidad

Por: Nino Calderón, C.PP.S.



La Libertad no está fuera sino dentro de cada uno

En el libro que lleva por título “Memorias de un preso” (2009), Mario Conde Martínez Roca, autor de este texto, narra su experiencia en la cárcel hasta el día de su libertad. Es una memoria donde habla del día a día en la cárcel, de sus amistades en la cárcel, de su lucha contra el sistema, de sus sentimientos, de su trato con los presos y, además de su profundo amor por su esposa, Lourdes, y sus hijos. Dice:

"Seguí caminando. Llegué al control. Me despedí del funcionario. Crucé la raya y pisé la libertad. Miré hacia atrás. Guardo en mi retina la imagen del edificio en aquel día caluroso y soleado. No sentí ni una brizna de rencor. Sonreí. Diez años de mi vida quedaban atrás, algunos de ellos prendidos de aquellos muros, de aquellos alambres, de aquellos olores, de aquellos gritos enloquecidos, de aquellas madrugadas serenas, y de algunos que se alegraron al tiempo que sintieron que aquel día fuera el último de mi vida como prisionero de Alcalá-Meco. De momento había ganado porque había conseguido soportar lo insoportable y tolerar lo inevitable sin el menor daño interior. Ahora me sentía libre, pero libre de verdad."

Al respecto, Stephen Crites (1971), académico norteamericano, psicólogo, profesor de la Universidad de Texas y El Paso, nos dice: “la cualidad formal de la experiencia humana es inherentemente narrativa”. Su punto de apoyo es el carácter temporal de la experiencia humana. Nuestra experiencia, nos dice, no es un conjunto de acontecimientos realizados al azar o una serie discontinua de “flashes”. De esta manera, la experiencia humana se realiza a través del tiempo y se percibe localizada en una secuencia que implica un pasado y un futuro.

Toda crisis en la vida del ser humano, cuando es narrada, se convierte en una oportunidad para crecer, para madurar, de ahí que las crisis no son necesariamente negativas, en tanto nos invite a retornar a la experiencia, recordando aspectos que yacían olvidados o ignorados, lo cual nos llevará a la reflexión que requiere del lenguaje para interpretar la experiencia. Por ello, cuán importante es la narración como vehículo de la experiencia, en la vida de los internos de un penal, ya que al narrar sus historias personales, asientan su existencia personal y social sobre nuevas bases, haciéndose más plenamente humanos.

De esta manera, como consejero en un penal de Lima Metropolitana, uno de mis objetivos es ayudar a que el interno logre narrar su historia, para que pueda reencontrar y reelaborar su propia identidad narrativa que lo constituye. Así, cuando el interno abarque su vida con una mirada amplia o con un panorama más amplio tomará consciencia que hay algunas experiencias importantes en su historia, una experiencia fundante que lo ayudará a vivir el tiempo presente con esperanza, ya que la narración de la experiencia fundante provoca nuevas historias, nuevas aventuras, que llevan siempre el mensaje de salvación incondicional de Dios, la cual se cristaliza a partir de la experiencia humana y de la experiencia de la fe. Decía un interno al término de una sesión de consejería: “Nunca imaginé que al narrar mi vida, ésta se convirtiera en un lugar donde puedo dialogar con mi historia y con Dios, donde mi historia personal se convierte en lugar de encuentro y liberación”.

Pero, para poder experimentar ese sentimiento, nuclear en toda vivencia de fe, de poder escucharse asimismo, de ser escuchado y amado por Dios, es necesario haber tenido previamente ese mismo tipo de experiencia en los momentos mismos en los que el comienzo de su desarrollo humano, se abría a la realidad del mundo, en el que comenzaba a tener sus primeros contactos con la vida y en el que se constituía como sujeto humano. En este contexto, se podría decir que la experiencia religiosa difícilmente puede surgir donde no se han dado, como condición previa, experiencias fundantes de amor, de protección, de contacto y comunicación que nos hacen sentirnos previamente deseados, amados y protegidos por otros. Y esta es la realidad que he podido constatar en los penales, en una gran parte de la población penitenciaria. Al respecto, Carlos Domínguez en su texto “La fe en el laberinto de los deseos”, dice: El deseo humano no nace si el deseo de otro no le precede. Porque solo del ser deseados podemos surgir como seres deseantes. Quien de hecho no fue deseado desde el principio, quien en su primera infancia no ha tenido la experiencia de ser realización del deseo de sus padres, quien no se ha experimentado a sí mismo como objeto primordial y sumo valor en su primer entorno, difícilmente podrá sentir que el deseo brota en él. Quien no ha experimentado en su pasado primero la felicidad de sentirse acogido y respaldado, difícilmente podrá sentir la esperanza de un futuro prometedor.

Es innegable que el desarrollo de la vida comienza en el vientre de la madre. Desde ahí el bebé empieza a percibir lo que ocurre a su alrededor, tanto lo positivo como lo negativo, y todo va quedando registrado en él. De igual manera, las vivencias familiares de los primeros años, sean amorosas o agresivas, van marcando de tal modo que llegan a caracterizar la personalidad. En este sentido, se puede decir que todas las experiencias de nuestra vida modelan nuestro carácter. Así pues, no basta con que consideremos solamente las experiencias de las que somos conscientes, puesto que cada vez con mayor frecuencia se demuestra que “nuestra cuna”, nuestro origen, es también parte importante en la formación de la persona que somos. Por otro lado, las diversas situaciones que vivimos, las experiencias que hemos tenido, las circunstancias culturales en las que nos encontramos determinan nuestro pasado y nuestro presente. Por ello, es importante que nos detengamos por un momento para indagar la razón de esas experiencias, para preguntarnos cuáles son las que han marcado nuestra forma de ser o cómo las hemos asimilado, si nos gusta recordar o si preferimos no pensar en nuestra vida ni hablar de ella.

Nuestro mundo, es un mundo herido. Y cuando pensamos en las heridas, pensamos en la violencia. Todos tenemos heridas y cicatrices de muchos tipos, y algunas se remontan a nuestra vida familiar. Muchas veces, las heridas recibidas allí nos acompañan y nos rondan por la vida. Podemos llamarlas “heridas de origen” o “heridas primarias”, y tienen una influencia poderosa sobre la forma en la que actuamos, sobre nuestras actitudes, sobre nuestro modo de ser. Muchas veces las heridas, si se quedan en el inconsciente o si las negamos, son un obstáculo para nuestra felicidad y nuestra capacidad de amarnos a nosotros mismos y a los demás, boqueando así nuestro proceso de crecimiento. Por lo tanto, es necesario aprender a aceptar esta ruptura, a reconocerla y, ante todo, a reclamarlas como propias, nombrando la violencia que hemos soportado para que podamos romper su dominio destructivo sobre nosotros. En este contexto, en el acompañamiento humano – espiritual de los internos del penal, una estrategia de ayuda fue hacer una relectura de la propia vida y descubrirla como una historia de salvación. Quizás sigan aun recordando las cicatrices de las heridas que siguen presentes, pero lo harán de forma distinta, ya que al poner sus historias en la gran historia de la pasión, muerte y resurrección de Cristo, sus heridas ya no serán fuente de angustia para ellos. Por eso, cuando los internos del penal comienzan a restablecer la paz con sus heridas, con su lado oscuro, sea cual sea el motivo que las haya causado, sea que provengan de la familia, de la sociedad que los etiqueta y descarta, o del mismo sistema carcelario, comienzan a amistarse, a reconciliarse con su propia historia. Pero si no se hicieran cargo de ellas y no las aceptaran en lo más profundo, acabarán proyectándolas sobre otra persona y tendrán una influencia negativa en la forma de relacionarse con los demás. Todo lo contrario, logrando amar sus heridas, aprendiendo a aceptarlas y a olvidarlas, entonces ellas mismas les perdonarán, de ahí que si la odiaran, atacaran vivirían en la total negación, y acabará atacándolos indirectamente, volviendo a ellos por la puerta trasera

Para iniciar este proceso de liberación interior, para que la herida se convierta en un don, una pregunta les invitó a hacer un éxodo en sus vidas: “¿Qué es lo que sigo cargando que tendría que haber bajado y dejado hace mucho tiempo?”. Es por ello que, al re-elaborar su historia personal, a través de la experiencia de fe, sintieran el llamado a descubrir su presencia en el corazón de esta realidad, de ahí que pudieran reconocer a Dios, su iniciativa de amor y el camino de respuesta. Esta fe hecha experiencia en la esperanza y el amor que genera, es el camino de una espiritualidad, de ahí que el camino y la búsqueda de Dios es el camino de la fe, y por la experiencia de la fe, este camino y esta búsqueda es el encuentro con Dios. En este sentido, los internos al hacer de sus vidas un éxodo al salir de sí mismos para ponerse en camino de liberación, movidos por su fe, encontrarán a Dios en la medida en que lo busquen. Aquí nace la espiritualidad, en el deseo a través de esa búsqueda de Dios, en tanto el camino se convierte en un proceso, real pero siempre inacabado, donde Dios ya los encontró. En este contexto, la fe será el hilo conductor que les permitirá buscar y responder a Dios. De esta manera, quien haya aceptado su condición de persona herida y haya aceptado el don del amor de Dios, ha sido sanado y liberado, convirtiéndose así en un sanador herido.

En todo este proceso de ir creciendo en forma integral, el autoconocimiento y la auto-aceptación son ciertamente exigencias para vivir de manera armónica con todo el ser, de ahí que por medio de la integración de la afectividad y la razón logramos conocernos como seres humanos. Es por ello que en este acompañamiento humano – espiritual de los internos, en el exploración y toma de consciencia a través de la narración de la historia de su desarrollo humano a través de las diferentes etapas, nos sitúan a los consejeros en las experiencias profundas de sus vidas, de ahí que al ayudarlos a lograr relatar sus historias, al conectar el desarrollo de su vida humana y espiritual, estarán siendo dueños de sus historias para avanzar con otros y crear juntos una historia nueva, desde la dimensión integral de la fe. Ayuda también a situar al cliente en la etapa desde la cual está viviendo en forma efectiva o no, para luego presentarle un panorama más amplio de su realidad humana-espiritual y ayudarle a que tome consciencia de ello, y descubra en qué etapa de su desarrollo se estancó, y desde donde actúa y reacciona, pero también rescatando los puntos de soporte de cada etapa a fin de que, reconociendo sus propios recursos humanos y espirituales, den comienzo a la acción y al cambio, apostando por una vida más plena. Como también, si bien nuestro concepto de Dios está ligado a nuestra salud emocional, hemos de tener un marco de referencia con un sentido tanto teológico como humanístico que ayude a juzgar y evaluar los significados y las opciones de la propia vida, de ahí que siendo una relación auténtica y de complementariedad entre psicología y espiritualidad, tienen como objetivo común liberar, sanar al ser humano de sus cadenas y conducirle a una vida más plena, porque donde la curación, reconciliación, liberación ocurre, la tarea de Dios se está llevando a cabo.

Dios nos crea con mentes, corazones e historias individuales, y todos enfocamos nuestra fe desde distintas perspectivas en el mundo. La forma, el sentido en que vivimos nuestra fe en la vida de cada día podría ser llamada espiritualidad. De esta manera, la espiritualidad, compromete de manera total y profunda la experiencia humana, es decir reordena el modo de ser y estar en el mundo, en relación con la naturaleza, con los demás y consigo mismo. Es pues, una experiencia singular que va mostrando una singularidad tal que, la hace diferenciarse de experiencias anteriores. Pero este carácter singular, le permite interpretar la totalidad del mundo, de ahí que presenta su apertura hacia nuevos horizontes de acción, abriéndose hacia nuevas posibilidades de sentido, vinculada siempre a la vida y a la acción de unos testigos portadores del espíritu de esa experiencia como compromiso. Por lo tanto, la experiencia cristiana de Dios se da al interior de las experiencias humanas. En este sentido, la espiritualidad cristiana puede considerarse como un humanismo, porque no hay ninguna exigencia o experiencia cristiana que no sea humanizante y liberadora, de ahí que lo espiritual es creíble si humaniza, si posibilita la madurez humana. De otra parte, la espiritualidad cristiana supera las perspectivas humanistas meramente temporales, abriendo a exigencias que hacen al hombre más que al hombre y al humanismo seguimiento de Jesucristo. Por lo que, la experiencia de Dios es inseparable del compromiso, y que todo compromiso humano o cristiano debe ser también un lugar de la experiencia de Dios, de ahí que el lugar privilegiado en que la espiritualidad se encarna y se hace práctica, es en el amor a los hermanos, y en el amor preferente por lo más necesitados. Así, el Dios escondido en el rostro de nuestros hermanos es la experiencia suprema de la encarnación de la espiritualidad cristiana. Al respecto, Gustavo Gutiérrez, en su texto sobre: “Espiritualidad liberadora”, dice: “Una espiritualidad es una forma concreta, movida por el Espíritu, de vivir el Evangelio en solidaridad con todos los seres humanos. Una espiritualidad de la liberación estará centrada en una conversión al prójimo, al ser humano oprimido, explotado, despreciado, dominado”.

De esta manera, la espiritualidad abarca a la totalidad de la persona y su respuesta a la llamada del Señor. Versa sobre el seguimiento al Señor guiados por el Espíritu. Es más práctica que teórica, más relacionada con la vida que con la ley, más relacionada a la fe encarnada que a una creencia intelectual. Una espiritualidad se refiere a la forma en que respondemos al mensaje, la verdad, la persona de Jesucristo. Y está muy relacionada con el contexto particular en que se vive. En otras palabras, una espiritualidad particular puede modificarse, o enfatizar ciertas expresiones o estilos al moverse de un contexto a otro. Gustavo Gutiérrez en su libro “Conversión: perspectivas para una transformación personal y social”, hace algunas afirmaciones importantes que también reflejan mi visión de la espiritualidad. Dice: “Una espiritualidad es una forma concreta de vivir el Evangelio, inspirado por el Espíritu... Surge de una experiencia espiritual intensa... Una espiritualidad significa una reordenación de los grandes ejes de la vida cristiana en términos de una experiencia contemporánea... Este reordenamiento nos llama a la conversión hacia la vida, la oración, el compromiso y la acción”. Hablar de espiritualidad no es hablar de una parte de la vida, sino de la vida en su totalidad.

Cuando me refiero al acompañamiento humano – espiritual, enfoco esta estrategia de ayuda a la realidad íntegra del ser humano, donde la cuestión terapéutica descansa sobre el amor, donde el aprender a amarse y amar a los demás conlleva el proyecto más importante de la vida, ya que el amor es en el fondo un asunto espiritual. Al respecto, Joaquín M. Fuster S:J (1982), en su libro “Growing in Christ”, afirma: “Una teología del crecimiento espiritual, puede ser ayudada si se la integra con la tecnología del crecimiento personal. Porque esta tecnología humana ha emergido de las investigaciones sobre cómo los seres humanos llegan a la madurez del crecimiento personal…, es fácil ver que cuanto más madura sea la persona, tanto mejor preparada estará para responder a la acción de Dios en ella…Los factores humanos representan nuestro esfuerzo personal de respuesta al Espíritu y este esfuerzo ha sido motivado y es mantenido por el Espíritu en nosotros”. De esta forma, en consejería nos ocupamos de personas que están sufriendo y sufrimos con ellas. Estamos con ellas en su lucha y les damos aliento. Así, habiendo hecho todo lo posible para superar el sufrimiento humano, podemos aceptar lo que no podemos resolver, confiando en Dios que actúa con nosotros para extraer todo el bien que encierra este sufrimiento. De esta manera, depositar nuestra confianza en Dios es en sí mismo terapéutico. A menudo, los clientes, necesitan oír de su consejero palabras de fe como: su sufrimiento y su lucha tienen sentido. Se trata, por lo tanto, de la articulación de la madurez humana y la experiencia de Dios, es decir de cómo la gracia presupone lo humano y cómo realiza a la persona en dimensiones insospechadas, donde la persona no es algo hecho, sino algo a conquistar, algo que ha de hacerse en un proceso de transformación, de ahí la voluntad para superar el mal y, al mismo tiempo la libertad de asumirlo. En este sentido, lo espiritual es creíble si humaniza, si posibilita la madurez humana., ya que si alguna tarea urge en la espiritualidad actual, es la de afirmar la inmediatez de Dios en las mediaciones humanas, sobre todo en el amor y trazar una pedagogía espiritual en que la valoración positiva de lo humano en sí mismo se constituya en mediación del Absoluto en sí mismo.

En este contexto, creo que es importante tomar en consideración, “la opción del sentido”, donde Karl Rahner, teólogo cuyo pensamiento se resume en que la nada no puede fundar nada y que, por consiguiente, esta experiencia de superación que anida en nosotros no puede estar fundada en la nada. Tal es mi primer acto de fe. Por ello, el sentido de la vida es una elección deliberada que deberá hacer el interno, dado que los signos de sentido son más fuertes que los signos del sin sentido, a pesar de ser estos inmensos. Por lo tanto, sólo un sentido trascendente nos enseña a soportar la prueba de la vida. Este es el punto en el que la psicología se abre a la espiritualidad como algo necesario para completarse, donde la fe se convierte en la búsqueda del profundo sentido de la vida, por ende existe un sentido religioso, hondamente arraigado en el inconsciente profundo de toda persona. Por ello, la verdadera cuestión de la fe invierte los términos, no se trata de creer que Dios existe, sino de creer que el hombre existe para Dios. Pero la fe evoca igualmente fidelidad. Esta fidelidad es ante todo y sobre todo la de Dios, siempre fiel a sus promesas. Así, cuanto más uno se compromete en la fe, más ve con una luz que le da certeza, cuanto más discierne la verdad, más quiere creer. Creer sólo puede ser un don de Dios porque sólo Dios puede hablarnos de Dios. Por lo tanto, si el surgimiento de la idea de Dios tiene lugar en la zona íntima de cada persona que no se domina, entonces tampoco se puede dominar a Dios. El acto de creer es, por consiguiente, fruto de una experiencia religiosa original que invita a la reflexión.

En mi experiencia pastoral de acompañamiento humano-espiritual en un penal de Lima Metropolitana, una de las dificultades a superar consiste en cambiar las “imágenes de Dios que los hacen infelices”, y esto porque va muy relacionada con la experiencia parental de la infancia. En este aspecto, he podido constatar en los casos que he podido acompañar en Consejería, la imagen de un Dios juez y castigador que se han formado los internos. Así, desde las narraciones de sus historias personales, refieren: “Dios me está castigando, y ahora estoy pagando por lo que hice, yo puedo entender esto, pero sólo quiero saber si podrá perdonarme”. Estos sentimientos de culpa, sumen a la persona del interno en un estado de angustia, depresión, desorientación, desánimo y miedo, interpretando los mismos como castigo de Dios. Con todo, se sienten impotentes y dependientes de algún favor o gracia de este Dios juez, de ahí que he podido percibir el voluntarismo que los caracteriza en el estricto cumplimiento de hacer rezos, oraciones, dirigidas a un Dios para aplacar su enojo, y así pagar el precio del castigo para conseguir tranquilidad y seguir viviendo. Ya en la exploración de sus historias, se puede constatar que proceden de hogares donde sus padres no les han ofrecido una experiencia suficiente de ser contenidos, acogidos, acariciados y protegidos. Ante la ausencia de esta "piel psíquica" han experimentado la presencia de un Dios bueno, pero bajo la fachada de Juez y castigador, ya que al experimentar su mundo interno deteriorado, en lo externo proyectan sus temores, al considerarlo peligroso, de ahí que suelen esforzarse con actos buenos para agradar a Dios.

De esta manera, como consejeros, es importante tomar en cuenta los siguientes puntos, cuando la dimensión espiritual entre en juego en la sesión de consejería:

  • Tener bien en claro que se trata de una persona que viene a pedir ayuda, ya que quiere vivir más plenamente.
  • Debe pasar primeramente por una auténtica escucha y respeto.
  • Conocer, acoger la historia del cliente que se analiza, ayudándole a tomar consciencia ante un panorama más amplio, vía exploración, de su experiencia de fe. Para ello, se le puede ayudar a que pueda relatar la historia de su experiencia de fe.
  • Saber cómo es su oración y cómo son sus vivencias a partir de los primero. Preguntarse: ¿qué necesidades, reconocidas o no, hay debajo de la oración?, ¿qué busca, que encuentra en la oración?. ¿Su Dios le resulta muy necesario para vivir?. La dimensión espiritual de su vida, ¿brota de la necesidad o del deseo?, ¿qué sentido le aporta para su vida?
  • En base a su experiencia religiosa, cómo siente la presencia de su Dios ¿se siente escuchado?. ¿Qué sentido le da a su vida considerar esta parte espiritual?.
  • Esta experiencia espiritual, ¿le lleva a asumir un compromiso con su propia vida, con los demás y con la realidad histórica desde donde se hace posible seguir creyendo?.
  • Su experiencia espiritual profunda, ¿lo humaniza?, ¿le aporta vida a su vida?.

Además de la realidad del interno y los diversos factores humano – espiritual que lo integran, hay otro aspecto social a tomar en cuenta para analizar y reflexionar. Se trata de la postura y concepción que tiene la sociedad sobre los internos de los penales, la cual ha sido siempre negativa por los prejuicios que se tienen de las personas allí detenidas, catalogándolas de antisociales, peligrosos y que no pueden cambiar. Vista la realidad por dentro, se puede constatar el sufrimiento y las condiciones inhumanas en que viven muchas de estas personas. Por ello, esta actitud fría e indiferente de sentirlas y mirarlas más como encarceladas que como personas, deteriora su dignidad y su autoestima. Es importante tratarlos como seres humanos, interesarnos auténticamente por sus vidas, saber escucharlos y responder con empatía a la narración de sus historias para sostenerlos y contenerlos en los momentos de auto-desprecio, y dolor. De esta manera, la exclusión social de la que son víctimas, por estar encarceladas, afecta en su misma raíz la pertenencia a la sociedad en la que viven, que las consideran “sobrantes” y “desechables”, sin darles la oportunidad de cambio, a través de estrategias de ayuda más eficientes. En este contexto, cuán importante es la manera de ayudarles a tomar consciencia que su ser persona es sagrada para Dios, para luego ayudarles a reconocer, asumir y reparar las consecuencias de sus actitudes equivocadas, respetando antes todos sus derechos en igualdad de condiciones que los demás ciudadanos.

Esta actitud estigmatizadora de la sociedad, olvida la vida nueva que ha germinado entre rejas, y que ya fuera de los penales son hombres y mujeres de bien, son buenos ciudadanos y cristianos comprometidos. ¿Qué pasó con ellos?. A mayor dificultad, mayor oportunidad para crecer. ¿Cómo?. Reconociendo su separación constituyente pudieron liberar su deseo, es decir, aceptando que nunca serán todo para nadie y que nadie podrá nunca ser todo para ellos, entraron en una disposición de encontrarse realmente con la vida y con los demás. El deseo así entendido, será entonces en sus vidas, el motor que los impulsará a la búsqueda de algo nuevo y mejor. Todo lo contrario, cuando no está suficientemente aceptada esa separación que los constituye como falta y carencia de base, el deseo se convierte en algo devastador que los empuja al engaño, ya que no impulsa ya un dinamismo de futuro por hacer, sino que arrastra a la búsqueda de un pasado que ya es imposible.

El Papa Francisco en su homilía en la Plaza de San Pedro, del 10 de setiembre del año en curso, volvió a abogar por los presos, diciendo: “La madre Iglesia también nos enseña a estar cerca de los que están en la cárcel. ''Pero Padre (dirán algunos) es peligroso. Son gente mala. Escúchenme bien: cada uno de nosotros podría hacer alguna vez lo mismo que hizo ese hombre o esa mujer que está en la cárcel. Todos podemos pecar y equivocarnos en la vida. No son peores que tu o que yo. La misericordia supera cualquier muro o barrera y lleva a buscar siempre el rostro del ser humano. Y la misericordia es la que cambia el corazón y la vida, la que puede regenerar a una persona y permitir que se reintegre de forma nueva en la sociedad''.

Al comienzo decía que el interno deberá hacer un éxodo desde su interior re-elaborando su historia personal, familiar, social. En este proceso de reparación deberá afrontar diversos factores psicosociales, los cuales lo irán confrontando desde el comienzo. Pero para que una persona haga este camino, necesita de un soporte para llegar hacer una alianza con una vida más plena. Aquí la tarea del consejero, experto en humanidades, es importante en su función mediadora. En este contexto, me atrevo a decir que, siendo la espiritualidad algo más que una mera motivación para crecer en el amor de Dios, da un sentido amplio de identidad y dirección para responder a las diversas necesidades humanas, a su vez que modela la forma en que nos vemos a nosotros mismos. Dando un paso más, tomando en cuenta que la vida desde la espiritualidad de la preciosa sangre debe ser vivida para acoger a aquellos que sufren, a los que están derramando su sangre, esta misma Espiritualidad de la Preciosa Sangre consistirá en darle perspectiva al consejero para que pueda contemplar el mundo desde los marginados y condenados, es decir la sangre de Cristo. Así, mientras revela la grandeza del amor del Padre, descubrirá cuan valioso es un ser humano a los ojos de Dios y cuan inestimable el valor de su vida.

De esta forma, la sangre de los pobres se detiene ante la puerta del consejero para teñir su apatía y colorear el sentido de su trabajo. Por lo tanto, este grito de la sangre de los indefensos y marginados, de los oprimidos y heridos, de los desatendidos y abandonados, de los olvidados y no perdonadores, nos invita a responder desde una espiritualidad que no considera el sufrimiento como algo que tiene que evitarse, sino como un camino que puede conducir a una renovación de la vida humana. En este sentido, se les ayudaría a las personas con dificultades a encontrar su camino a través de él, asumiéndolo o transformando las circunstancias que lo provocan para lograr así una auténtica liberación. La motivación, es que, la sangre derramada en la cruz nos recuerda que el sufrimiento es real y, por lo general, injusto, pero también que no tiene que predominar, de ahí que es un signo de la esperanza definitiva. De esta manera, la Espiritualidad de la Preciosa Sangre es verdaderamente un camino de vida, un camino a través de la vida, un camino hacia la vida.

Esta Espiritualidad de la Preciosa Sangre, se da y se vive en la cotidianidad, una espiritualidad siempre actual, siempre viva, siempre dinámica. Hablar de la espiritualidad de la sangre es hablar de una opción de vida; una opción de vida hacia los marginados, el dolor, el sacrificio y a su vez es optar por la vida, la armonía, la esperanza. Como consejero, esta espiritualidad me lleva cada día a abrir mi corazón a los gritos de la Sangre, a esos gritos de tierra, de patria, de angustia, de soledad, de marginación, de falta de dignidad; esos gritos que muchas veces quisiéramos no escuchar pero cuando hemos optado por la vida, nuestra Sangre también empieza a gritar contra la injusticia, la falsedad, la incoherencia, la falta de amor, la falta de salud mental, y de caridad.

Un tema de consejería que he venido trabajando en un penal de Lima Metropolitana es la Reconciliación, desde la Espiritualidad de la Precisa Sangre.

Dios ha reconciliado el mundo por Cristo, haciendo la paz por la sangre de su cruz. Es en Cristo que Dios nos ofrece reconciliación. Es una reconciliación inscrita en el cuerpo mismo de Jesús. El experimentó el abandono de los Doce, fue torturado y cruelmente ejecutado. Sin embargo en la visión de Lucas él experimentó la presencia de Dios, la presencia de su Padre, y clama al Padre para perdonar, y entonces encomienda su espíritu a su Padre. Así el dolor que experimentamos en la traición y en el abuso está asumido con toda seriedad por Dios. No es olvidado. Pero es transformado.

La reconciliación es la sangre de una nueva vida, de una nueva creación. Como un símbolo de la vida misma de Dios en nosotros, del shalom de Dios, apunta a y nutre la visión de una humanidad reconciliada. En la espiritualidad de la Preciosa Sangre, la reconciliación nos delinea el espacio entre la alianza y la cruz, entre el centro de nuestras vidas y sus fronteras. Una espiritualidad de la alianza enfatiza temas de pertenencia: Dios ha hecho de nosotros un pueblo especial por la sangre de Cristo. Alianza habla de compromiso, de preocupación y de hospitalidad. Crea un centro vivificante donde las personas son valoradas y celebradas. Es un verdadero santuario en nuestras vidas: un lugar santo y un lugar de refugio.

Una espiritualidad de la cruz comienza "fuera de las puertas", en el basurero donde solamente los marginados y los que no pertenecen, son encontrados. La cruz marca el lugar de su sufrimiento y de su exclusión. Una espiritualidad de la cruz es una espiritualidad de la solidaridad y del testimonio: solidaridad con las víctimas y testigos de la injusticia que se comete. Es una espiritualidad de servicio hacia los que sufren.

Este doble significado de la sangre reconciliadora como la sangre del sufrimiento y como la sangre de la nueva creación moldea una espiritualidad de reconciliación. Así la actividad reconciliadora de Dios toma forma, primero, en la vida de la víctima, y luego en la vida del malhechor.

De esta manera, el trabajo del consejero, en la reconciliación, toma su lugar entre la alianza y la cruz, entre el santuario y el lugar desolado fuera de las puertas, acompañando a los que han sufrido en su peregrinación de regreso al santuario de sus vidas. En este sentido, para hacer este camino de reconciliación, el consejero deberá crear las condiciones que la hagan posible. De esta forma, por el Camino de la Cruz deberá crear estaciones de escucha y de cuidado, sabiendo que parte del proceso de sanación para muchas víctimas es la repetición una y otra vez, de la historia de lo que les sucedió a ellos. Es como si fuera la única manera de romper las garras de la mentira sobre sus vidas. Su historia debe ser repetida una y otra vez hasta que puede ser narrada de manera concreta. Al escuchar, podemos crear las condiciones para experimentar la confianza y, a la vez, confiar de nuevo.

Los caminos de la Cruz en nuestro mundo son muchos. Corren no solamente desde Jerusalén hasta el Calvario, sino también por las calles de nuestras ciudades y pueblos. Corren por nuestras mismas casas, de ahí que como consejeros en el tema de la reconciliación, nos movemos entre la alianza y la cruz, entre el lugar del santuario y aquel lugar desolado fuera de las puertas. La visión de reconciliación, y el ministerio por el camino de la cruz y de regreso a la ciudad, emergen de una profunda convicción de que Dios está reconciliando el mundo. Por ello, estoy convencido que con la creación de comunidades de alianza donde la pertenencia y la confianza son visibles y celebradas, no solo será un lugar donde acoger a las víctimas, sino un espacio de encuentro, desde donde podrán vislumbrar la reconciliación que les espera. Estos son los centros de escucha, casa y camino de los consejeros.

Desde estos espacios en la vida del interno, comienza a forjarse un camino de liberación, reconociendo su pasado, viviendo plenamente su presente, y construyendo un futuro diferente.