estigmatizacion

Por: Nino Calderón, C.PP.S.



La película titulada “El hombre elefante”, de Davyd Lynch, 1980, es una historia sobre la dignidad del ser humano. En ella, el hombre elefante se nos muestra con toda su naturaleza espantosa o angustiante para mostrarnos no obstante toda su bondad, toda su inocencia, toda su sensibilidad oculta en un cuerpo aparentemente siniestro, después de haber sufrido una vida de penalidades. Cómo grita en una escena de la película, grita que a pesar de su cuerpo él es un hombre, un ser humano: ¡Noooooo...! ¡Yo... Yo no soy ningún monstruo! ¡No soy un animal! ¡Soy un ser humano! ¡Soy un hombre!. Esta actitud, este grito es el de tantos seres humanos estigmatizados, etiquetados y excluidos por nuestra sociedad, al padecer de algún trastorno mental. Y no dejan de ser como aquel grito, que cuestiona y que exige dar una respuesta humana a la altura de su dignidad de ser humano, pero libre de cualquier interés económico, sabiendo que la industria farmacológica ha estado estrechamente vinculada al financiamiento de la investigación en salud mental. Al respecto, Danilo Sanhueza y Álvaro Jiménez (2013) describen cómo presionan las aseguradoras y los laboratorios, pues nunca hay que olvidar que aquello que se considere enfermedad tendrá que ser cubierto por algún sistema y medicado de alguna forma. Es decir, hay mucho dinero en juego. Estos mismos investigadores, afirman que, un trastorno mental no es solo un fenómeno biológico, es también un hecho social, es decir, un hecho de relación. Dicho de otro modo, una enfermedad mental no es un “conjunto” sino un “todo”.

Las personas con trastorno mental sufren, por sus discapacidades, por las dificultades de integración derivadas directamente de la enfermedad, y por las consecuencias del desconocimiento y sobre todo por el gran prejuicio social que existen sobre las enfermedades mentales y quienes las padecen. Esta actitud social determina y amplifica, en muchos casos, las dificultades de la integración social y de su inserción en el campo laboral de estas personas. En este sentido, el estigma se podría definir como un atributo que es profundamente devaluador, el cual degrada y rebaja a la persona portadora del mismo (Cardinal de Goffman,1963). Hoy muchas empresas que bajo la bandera de asegurar su posición económica en el mercado, discriminan a toda persona que presenta algún rasgo de discapacidad mental, sin darles la oportunidad de demostrar sus capacidades.

Estas actitudes sociales de rechazo hacia estas personas y la consecuencia de una imagen social negativa pueden levantar barreras sociales adicionales que aumentan su riesgo de aislamiento y marginación. Por ello, es evidente que una atención integral a las personas con enfermedad mental no sólo tiene que cubrir suficientemente sus necesidades de apoyo e integración sino que simultáneamente también debe de establecer acciones que disminuyan o eliminen las consecuencias negativas del estigma que tradicionalmente pesa sobre ellas.

Al respecto un informe compendiado de la Organización Mundial de la Salud (2004, p. 3), nos dice: “Los trastornos mentales están inseparablemente vinculados al tema de los derechos humanos. El estigma, la discriminación y las violaciones de los derechos humanos que sufren las personas y las familias afectadas por trastornos mentales son intensos y profundos”. Estos fenómenos son consecuencia de una percepción general en cuanto a que no existen modalidades efectivas de prevención o tratamiento contra estos trastornos. La prevención efectiva puede influir mucho en el cambio de estas percepciones y así, cambiar la forma en que la sociedad percibe los trastornos mentales. Sin embargo, los problemas de los derechos humanos van más allá de las violaciones específicas a las que están expuestas las personas con trastornos mentales. En efecto, las limitaciones en los derechos humanos básicos de individuos y comunidades vulnerables, pueden actuar como poderosos determinantes de los trastornos mentales. Por lo tanto, no es de sorprender que muchas de las medidas de prevención efectivas estén en armonía con los principios de igualdad social, igualdad de oportunidades e igualdad de atención de los grupos más vulnerables en la sociedad. En este sentido, creo que es de vital importancia tener un conocimiento de las representaciones sociales y prejuicios que la sociedad tiene de la problemática de las personas con enfermedad mental y sus consecuencias sobre estas y sus familias. ¿Para qué?. Para proponer y desarrollar acciones que disminuyan estas actitudes y su estigma, y de esta manera aumentar la sensibilización, aceptación social y el compromiso de la sociedad en la integración social y laboral de las personas con enfermedad mental.

Los estereotipos, prejuicios y discriminaciones asociadas a la enfermedad mental pueden privar a quienes la padecen de oportunidades que pueden resultar esenciales para el logro de sus objetivos vitales, especialmente aquellos que tienen que ver con su independencia económica y personal (Corrigan y Kleinlein, 2005). La gente tiende a estigmatizar a las personas etiquetándolas como enfermos mentales, locos, incompetentes, peligrosos, incluso en ausencia de conductas inusuales. Estas reacciones sociales negativas, pueden exacerbar el curso de la enfermedad, de ahí que vivir continuamente en una sociedad que ampliamente asigna ideas estigmatizadoras sobre las personas con enfermedad mental puede llevar a éstos a internalizar esas ideas y a creer que son menos valiosos a causa de su trastorno mental, lo que tal vez sea uno de los efectos más peligrosos del estigma. Este aspecto, lo he constatado en mis prácticas profesionales como consejero, cuando en las primeras sesiones al cliente le cuesta reconocer sus habilidades o recursos humanos para la acción y el cambio, se muestran como bloqueados, ya que asumen, y aceptan el estereotipo acerca de la enfermedad mental, generando la aparición de emociones y valoraciones llenas de auto-prejuicios, como: soy débil, soy un incapaz para poder cuidarme a mí mismo, soy un caso perdido. La gran influencia o presión social tienen pues mucho que ver con estas reacciones emocionales negativas, provocando un deterioro de la autoestima, una baja percepción de autoeficacia, y la aparición de sentimientos de desmoralización y culpa. Todo esto condiciona el comportamiento, incapacitando a la persona a llevar una vida independiente, al aislamiento social, lo que desemboca en la marginación de la persona respecto a la sociedad.

Pero hay otro efecto más perjudicial, y es el auto-estigma, ya que algunas personas optan por no buscar ayuda profesional para no ser identificados con el grupo estigmatizado. Son los que padecen en silencio y en forma clandestina, porque simplemente no quieren ser etiquetados como personas con enfermedad mental a causa del prejuicio y discriminación que ello pueda implicar. Son las personas que usan muchas caretas para aparentar, maquillando así su propia realidad. Suelen justificarse diciendo, al menos debo salvar mi dignidad y el honor de mi familia.

Por otro lado, el estigma no sólo afecta a las personas con una enfermedad mental, sino también a aquellos que se encuentran estrechamente relacionados con ella, el sistema familiar. Este estigma por asociación (Mehta y Farina, 1988) afecta fundamentalmente a las familias y a todos aquellos que de una u otra forma se relacionan con ellos. En este caso, la familia asimila los mensajes procedentes de la sociedad en general acerca de su culpabilidad en la enfermedad, lo que genera en ella sentimientos de auto-culpa, sintiendo al mismo tiempo vergüenza, ocultamiento y aislamiento en un afán de evitar que los demás tengan noticias de la presencia de la enfermedad en su núcleo familiar, posponiendo así la búsqueda de tratamiento para la persona con enfermedad mental y de apoyo profesional para ellos también. Esta actitud complica más la situación. El estigma pues, afecta a todos los agentes implicados, desde las propias personas que sufren la enfermedad, sus familiares, hasta la población en general, pasando por los profesionales que les atienden. Ante esta realidad, hay un medio que a mí personalmente me llama la atención por su particular influencia en la salud mental de nuestra sociedad, estos son los diferentes medios de comunicación social, que ejercen una gran influencia en la percepción de la realidad de toda la sociedad, en su forma de ver e Interpretar el mundo que nos rodea. Y en relación al tema, tienen un gran impacto en el mantenimiento de la estigmatización de las personas con enfermedad mental al ser los cristalizadores y difusores de las distintas tendencias sociales. Se puede constatar por ejemplo en los titulares donde se suele sintetizar la información de manera incorrecta y simplista, y algunas veces cobran un carácter alarmista y morboso.

De esta manera, conociendo mejor las múltiples dimensiones de este fenómeno en el contexto social en el que se desarrolla, se puede analizar mejor el efecto y los aspectos clave del estigma de la enfermedad mental, para luego llegar a establecer propuestas de actuación que colaboren en la disminución del rechazo social de la enfermedad mental y así contribuir a una mejora de la situación de las personas que la padecen a su integración en la sociedad. Para ello surge la pregunta: ¿hasta qué punto la mejora en la calidad de vida, el fin de la marginalidad y la superación de las desigualdades sociales, pueden ayudar a prevenir las enfermedades mentales y a reducir la probabilidad de que quienes las sufren, entren en un proceso de deterioro hacia la cronicidad?. Las personas con enfermedad mental no necesitan compasión, sino ayuda para reivindicar los recursos necesarios para que puedan ejercer plenamente sus derechos, que son los mismos que los del resto de personas. Así, la rehabilitación psicosocial centra su atención en la recuperación y mejora de la red social de la persona y en la potenciación de la persona con enfermedad mental y su familia para provocar mejoras en la auto-estima, la auto-eficacia y la calidad de vida. En este contexto, el papel de la familia que acoge, sostiene, contiene, y que alimenta con el afecto es muy importante, este vínculo es clave para que la persona con algún tipo de enfermedad mental, no se deje vencer por la auto-culpa. En esta misma línea varios investigadores sostienen que, el empoderamiento de las personas con enfermedad mental y/o sus familias parece jugar un papel clave en la lucha contra la internalización del estigma (Corrigan et al., 2008). De esta forma, la resistencia al estigma se correlaciona positivamente con la autoestima, con el empoderamiento y con la calidad de vida, y negativamente con el estigma y la depresión. A su vez, una red social suficiente, como el estar casado o soltero (no separado) y el recibir tratamiento ambulatorio se relaciona positivamente con la resistencia al estigma. Y aquí está el trabajo del consejero para con la familia, escuchando, sosteniendo, presentándoles un panorama más amplio, suscitando esperanza y despertando en ellos habilidades y acciones que vayan encaminadas a ayudar a la persona y al autocuidado y a no quedarse sólo fijados en el estigma de la enfermedad. Por ello, es de vital importancia que la familia, las personas cercanas, los medios de comunicación bien orientados, las instituciones de salud del gobierno local, regional y central, la sociedad entera, ayuden a reducir el impacto de la discriminación sobre las personas con enfermedad mental en sus ámbitos de relación social más directa y frecuente. En esta misma línea, es importante que los profesionales en salud mental, pongan en marcha programas y líneas de intervención basados en que la persona desarrolle autonomía personal, tenga una vida independiente, potencie sus capacidades y pueda ajustar sus procesos de identificación y acción personal y social en relación con el estigma para posibilitar su integración social.

Con el objeto de combatir el estigma de la enfermedad mental y sus efectos perniciosos, han comenzado a desarrollarse en los últimos años una serie de acciones y programas que tienen como objeto el de mejorar la actitud social hacia la enfermedad mental. Como subraya la Organización Mundial de la Salud (OMS, 2001). Y las barreras pues, que hay que salvar en la sociedad son la estigmatización, y la discriminación. Creo que en este proceso la función de los medios de comunicación, una sociedad más informada – sensibilizada, una Iglesia más comprometida lejos de todo asistencialismo, y una política de gobierno más efectiva en Salud Integral, impulsará este gran cambio. A todo esto, me parece de suma importancia el tratamiento hacia una persona con alguna enfermedad mental, debiera ser con profesionalismo, ética, amabilidad, delicadeza y ternura que le ayude a superar su mundo imaginario como enemigo en el que tan frecuentemente se encuentra sumergido y reforzado por el estigma. Este tratamiento deberá ser pues altamente personalizado y exigente, que Implicará poner todos los recursos en el tratamiento psico-bio-social-espiritual de la persona. De esta manera, la lucha contra el estigma debe orientarse en distintos ejes: por un lado, acciones estructurales y sociales que permitan reducir el estigma público y las barreras sociales que éste impone a los grupos afectados. Desde el reconocimiento y defensa de derechos, dados en la Convención de Naciones Unidas, sobre las personas con discapacidad, hasta acciones legales y judiciales individuales, pasando por campañas de sensibilización y defensa masivas y prolongadas desde la escuela hasta los medios de comunicación.

Desde esta perspectiva me permito sugerir algunas líneas de acción para combatir la estigmatización de la persona con algún trastorno mental: Informar y educar a la sociedad acerca de las enfermedades mentales, para que las conozcan libres de todo prejuicio, para que las acepte positivamente y así pueda asumirlas, tratarlas promoviendo y respetando la vida, dignidad y derechos, y a saber prevenirlas; Ayudar a la creación de un ambiente social y físico que favorezca las relaciones humanas y el sentido de pertenencia a una comunidad concreta; Promover legislaciones adecuadas a nivel político nacional e internacional que salvaguarden sus derechos; Instar a los diversos Ministerios de Salud de las Naciones, que tengan un cuidado especial y se diseñen programas eficaces para su atención y tratamiento; Humanizar los programas terapéuticos a través de la continua formación de los agentes sanitarios; Conocer y comprender las necesidades tanto físicas como psicológicas que se ocultan tras la enfermedad mental; Alejarlo de la soledad, del aislamiento y del abandono; Enseñarle el modo para desarrollar sus propias habilidades y el sentido de autodeterminación para un buen empoderamiento efectivo.

Con todo, es importante separar a la persona de la enfermedad, para que libres de todo prejuicio y estigma social, se haga frente a la enfermedad donde la ciencia sola no basta, sino que hay que tratarla de manera holística, es decir desde los aspectos también filosóficos, espirituales, políticos, económicos, culturales, sociales. En este proceso, es importante Infundir esperanza en ellos y en sus familias pues mejora el afrontamiento de la enfermedad y se producen cambios emocionales. Como sacerdote y consejero, soy consciente que, mi trato con las personas con alguna enfermedad mental, se impone como un desafiante test de mi fe y vocación. Tratarlos eficazmente desde mi preparación, es profesar mi fe con esperanza, libre de todo estigma y confiando más en la persona que está luchando en recuperar su Yo. Este es el grito de la sangre de los sin voz, del débil, indefenso, de los enmudecidos al ser estigmatizados. Esto nos invita a reconocer nuestra débil realidad humana, y a responder, haciéndola más humana e integrada.


Bibliografía

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