Cuzco

Por: Aurelio Chipana, C.PP.S.



Dos discípulos iban a Emaús y en el camino sin que supieran quien era se les unió Jesús y los acompañaba…en ese encuentro cambió el rumbo de la vida de estos discípulos.

Fiesta de Emaús. Cada año es una ocasión para visitar un lugar de nuestra patria, para reforzar nuestra identidad nacional y conocer su historia.

El equipo de futbol del cusco retuerce a su natal, vestidos con su original uniforme rojos y emblema en el pecho.

Unos hombres, casi ocho, después se completarían, esperan en medio de muchos forasteros su vuelo para visitar la ciudad imperial.

Rápido el viaje, antes era toda una larga travesía. Con el avión sobrevolando esta arcaica metrópoli la primera instaurada antes de Lima, se debe entender que la innovación ha llegado hasta aquí.

El tiempo pasa rápido y están terminando de asilarse en un ajustadísimo hostal de varios pisos. Cuartos chicos para tres personas, tal que uno está casi al efugio de la puerta.

A avanzar por un coladero que de inmediato hace imaginar a los antiguos aborígenes que junto con sus animales trajinaron por estas calles. Muy agradables, placenteros como el quechua mismo.

Buscando la plaza central de la ciudad imperial. Llega todo el mundo, mayoría de foráneos, con su piel, su idioma.

Impactados de tanta lindeza de sus arquitecturas. También la catedral enteramente de rocas con figuras e imágenes que remontan a la colonia. Mucha gente concentrada en las graderías de rocas, es la ciudad de rocas preciosamente labradas con belleza e ingenio, con alto sentido de belleza y perfección. Es de suponer que cada quien tiene su plan de visita.

Vasto negocio del arte, por todas las calles del centro, tejidos, tallados en madera, la famosa pintura cusqueña, platería, cerámica de todo tipo, instrumentos musicales, molduras de madera labrada a mano y demás cosas. Las luces amarillezca de la noche le da un brillo especial a la arquitectura de macizos.

Alguien contó que en la fiesta del Inti raymi las comunidades de las periferias acuden a saludar a las autoridades en un protocolo que viene de tiempos pretéritos.

A comer a la primera taberna que apresa con su pared de fondo de granito más pura y original trabajada y el horneado de alpaca más la abundante cancha de maíz y queso. Calles confeccionadas con mucha gracia y afección.

Torre española que se puso a tono con el arte inca, ajustado al conjunto de casas y edificios.

Calle Choque chaca con palcos y florestas, encaminan al memorial sacsaywaman. La vista al centro de la ciudad. Repetidos callejones con muros enrocados de mucho donaire. Puertas y cornisas, techos y albardillas originales del lugar.

Piedras perfectas con figuras del cóndor, el puma y la serpiente. El mundo de arriba, el nuestro y el mundo de los muertos.

Esquina dorsal de líneas perfectas. Edificios convertidos en albergues, seminarios con igual destino. Noche demasiada fresca.

Un grupo de jovencitas sentadas en el piso del parque enfrente de un hotel cantan canciones en inglés en un mundo quechua a sus ídolos que vinieron para un concierto. El hotel cinco estrellas lucen sus piedras preciosas y su reducto grandioso de tablón y metal.

Un pasaje perfectamente iluminado con la luz del día va hacia la plaza principal, solo para personas.

El museo compuesto, gran compuerta de piedras y paredes de greda. Dibujos míticos, broqueles y puntales tallados.

Orillo perfecto, calles cordiales que se agranda hasta los árboles de las afueras. Un viejo centro con puertas azules en cesación.

Por encima de los techos de rojas asuelas recalca un fortín soberbio y cúpula de iglesia cuya aguja acaba en una afable cruz.

Balconcillos celestes se repiten en todo el frente del acumulado de casas y servicios. El inca refulgente, desde el eje de la plaza señala hacia el norte.

Al amanecer la basílica luce solitaria con algunos personajes habituales a sus portones. Frontón toda de granitos, ensombrecido sus porches y miradores y en lo alto campanarios pródigos que puntean al cielo. Continúa la vía labrada cabalmente en aerolito, galerías con afinados delicados en tablón y techados de entretejas coloradas mejor ganadas que las de al otro lado. Arcadas redundados marcan la calle que hay que seguir.

Valle sagrado del Urubamba. Santificado porque aquí puede proveer hasta tres recolectas al año de frutos variados y especiales. El maíz, la papa. Caudal y fincas en mixtura ideal con su temple formidable. Sus colinas custodio de los Apus envuelven sus valles, así también a sus convidados. Granjas tan bien situadas para la plantación. Tienen sus declives síntomas de mayor lindura. Todas las quebrantadas concurren con sus enormes cuerpos hacia la hermosura de sus valles.

Casitas nacientes de la urbe quieren salirse del tejido del cuadro. A medias nubes el cielo no deja estimar toda su candidez.

El torrente envuelto de bosques se agita como una señorial dama generosa y calmosa. Mezcla de campiñas están en bonanza de florescencias.

Los collados están repletos de quimeras, cual cuerpos de animales con piel verde y asociación de árboles sin distinción. Amparan en abundancia.

Estampas de los aborígenes antepasados son estas plataformas preparados para la labranza pero no aplicados ahora.

Pisaj, es el nombre de un pájaro. Tal vez porque es un animal propio del lugar o alguna roca que tiene su figura o las edificaciones han tomado esa forma.

Andenes insólitos cual ciclópeas escalinatas, descienden y asciende con una belleza asombrosa. Son profusas, casi a cada lugar que se mire se encuentran de muchas formas. Todo el lugar esta tan magistralmente ordenado, toda colocación de espacios tiene su sentido. La visión abarca tres secciones: el sector agrícola, la ciudadela de las viviendas y el santuario. En este caso de Pisaj el santuario está ubicado más al extremo que tomaría su tiempo y caminata. Es de necesidad las largas marchas para la visita, evidentemente el lugar está prevenido para transitar a pie y de fácil senda verdaderamente. Pasajes y fortaleza están ocultados en el sotillo por el matiz y la distancia. La cercanía a ellos recién muestra su encantamiento. La cresta del monte le da un vasto paisaje al habitante.

Murallas supuestas. Contemplación al espacio que devuelve un alto cerro, valle bajo con mezcla de sembríos y caminos diversos que van y vienen. Árboles que fijan figuras de caminos o afluentes. Casas dispersas en las praderas.

Terraplenes del santuario suficiente anchos. Tabiques bien logrados con estribos que comunican cada escaño. Conjunto de edificios de granitos donde sobresale una habitación. Al fondo el valle en subida que se cierra y se abre.

Un camino definido conduce hacia el conjunto. Arriba del camino empiezan las obras, una tras otra hasta alcanzar la cúpula donde destaca una casa con techo de pajas. Altas paredes protegen la ciudadela, casas de diferentes anchuras, sin duda pensada para cada necesidad.

Torreones altos de trazos firmes se exhiben al paso. Muro de dos periodos pre – inca e inca, de rocas y arcilla con techos de paja y palos de bambú. Lugar bien electo. Un riachuelo desciende por cerrados bejucos, salva puentes muy divertidos. Tomas de agua que derivan en una especie de duchas y drenajes ocultos.

Andenes vivamente poblados de frescos forrajes copiosos. Todo punto bien aplicado para la labranza o piso. Más terraplenes y más cigüeñales pequeños. Quicios que van descendiendo.

Paredes de los riscos colmados de bóvedas profanados, buscones de tesoros de los incas. Es el mayor necrópolis inca conocido. Puesto de centinela con techo a dos aguas y palos de bambú, a la práctica antigua.

Defensas y obras misceláneos de roca pura que se orientan hacia lo alto. Otro tabique oscuro en el camino flanqueado de torres y fornidos muros. Conducen hacia lo sagrado, al eterno, al encuentro con los dioses, Apus guardianes.

Desde la cima hay otra mirada, torres seccionadas, factorías amplias, muros terminados, andenes con crecidos montes áureos como tapices finos. Par de florecillas rubias crece entre fuertes muros de minúsculas rocas. Múltiples arcadas, dan acceso a su interior y la imaginación se esfuerza por dar cuenta de la vida vieja aquí, de la gente aborigen. Ventanas salerosas, antisísmicas. Lomas y distinguidas montañas vigilan ingenuamente a lo lejos.

Caminos y monumentos cabales, laberinto de edificaciones. Más andenes trepan desde el fondo hasta el pie de la montaña, la crecida flora casi los ha encubierto.

Elevadas paredes se dirigen hacia lo alto por otro atajo, escalerillas de rocas de varios estilos, paredes de varios talantes. Casa semiderruida, cobertura de doble ventana bien terminadas, fondo de árboles.

Edificio curvo completado como parte con rocas desiguales.

Pared clavada en el piso, sobre la cual siguen otras edificaciones. Hermosura de rocas, caserón de veta pura y mediano techado con el fondo azul del cielo.

Roca sobre roca bien puesta. Del cerro próximo a las piedras labradas con destreza. Paso que sube y separa la fortaleza del resto.

Conjunto de obras, doce casas en diferentes enfoques y niveles bajo el fondo de vastos andenes semicirculares de suma belleza y dóciles cultivos. Caminos con puestos puntuales. Ocho pisos de edificios de la entrada cada cual con sus caminos. Conjunto afectuoso, fascinador, camino muy circulado.

Portezuela bajo techo, pared de remachadas rocas, pulcros. Estribos y puerta exacta que termina dentro de una habitación cuya muralla tiene dos tragaluces tipo hornacina y más allá un techo de paja gris. Todo el conjunto tiene ese color lánguido.

Cadenas y aberturas minúsculas. Restos en una puerta de rocas esculpidas. Tres ventanas agraciadas al fondo el cielo albo. Paredes que se desligan y partes completas. Al gris de las paredes se trazan configuras de color lima.

Seis niveles de muelles amplios de tonos verdes – amarillos, superfluamente ficticios. Cuadriláteros perfectos. Muros exactamente encajados, gradería que hace su recorrido por cada piso, escalones al aire que comunican a cada nivel. Todo espacio ha sido calculado y bien diligente.

Río que viene por la cañada a cuyo fondo termina la silueta de un collado de forma piramidal.

Montaña gris con sus edificaciones y cuya torrecilla termina en una torre de anchurosa mirada.


Ollantaytambo

La mayor de los lugares de descanso y de reposición de fuerzas de los viajeros de la zona. Hoy ciudad rehecha sobre la base de los restos arquitectónicos de los servidores del Inca.

La recepción anuncia con sus formidables murallas que sostiene una gran plataforma. Calles con paredes y pisos de rocas atávicas, menudas calles. Edificaciones muy conservadas. Mansiones con puertas y ventanas de rocas. Almacenes ingentes al pie del cerro. Explanadas atrayentes.

Al frente un cerro que termina y divide la entrada a la selva y otra que viene de las alturas.

Están a media falda las colcas para almacenar la comida y mantenerla fresca. Formación rocosa con el rostro del inca pero extrañamente con barba.

La ciudad y restos de rocas talladas, muros escalonados, uno nivel con ventanales empotrados, trece, otra pared y en lo alto cinco ventanales más.

Elevación de andenes a los lados del ángulo del cerro. Van paredes de rusticas a mas perfeccionadas. En la cumbre se ven edificios terminados. Todas pegadas a la roca de los cerros. Grises claros.

Numerosos restos de muros, rocas labradas, corrales, casonas de rocas y arcilla. Arboles al fondo, camino hacia la selva.

Llegada a las rocas mejor acabadas. Gradiente que cansa al visitante que tiene que tomarse varios respiros. Otros visitantes renuncian al ascenso. Caminos bien definidos por gradas de rocas y corredizos.

Aparecen rocas labradas finamente con graciosas coloraciones naranjas, más arriba mucho mejor acabadas, excelentes tallados.

Enormes paredes de generosas paredes que encaminan al santuario principal. Pórticos monárquicos, parece la casa de alguien especial.

Todo demuestra que ha costado grandes sacrificios estos trabajos.

De muestra un andén amplio con pared de siete u ocho metros de altura, bien formada, elegante, atrayente. Pegada al cerro una edificación en espacio estrecho con pared de arcilla y tres ventanales alargados. Caminito por el precipicio. Rocas perfectamente unidas de formas desiguales. Suma belleza.

Coloración naranja sugerente con formación de flores o corderillos juguetones. Puntos como globos en el espacio.

Altura abismal, fondo de cerros verticales. Sensaciones amables aparecen. Admirables rocas finas, pórtico exacto, oblicuo, marrón claro, protuberancia de engarces.

Pórtico entero que da acceso a seguir adelante, hacia arriba. Ventana bien lograda, toda en la guapa roca.

Visión de la ciudad desde lo alto, trazos perfectos, compartimentos bien distribuidos. Muros de contención estéticamente labrados. Abajo la ciudad nueva, más allá del río más andenes y primera mirada al camino del inca.

Par de bloques de rocas perfectamente, más que perfecta, finamente labradas yacen bajo el impresionante fondo de un cerro marrón oscuro iluminado de un suave sol.

El templo o santuario ha quedado a medio hacer, lo señalan la diseminación de las enormes rocas talladas. Claramente indican el modo de hacer de los engarces roca contra roca y las precauciones contra sismos. Se ven de colores plomas, grises, casi plateadas algunas. Líneas exactas, enormes y hermosas.

Llegada al muro perfecto, el culmen de la visita. Luce un farallón de suave color marrón con inclinación hacia adentro. Al otro lado es un camino pegado a la pared que va hacia otro edificio y el final del muro hermoso.

Otra mirada a la ciudad, la sombra de la tarde va cubriéndola de a poco. Otros muros menores pero pegados al poco espacio de la montaña.


Aguas Calientes

Levantada de madrugada, lluvia al amanecer. A correr por las calles de piedras como sonámbulos en la oscuridad del amanecer, para alcanzar el tren azul con líneas amarillas que los trasladaría hacia Aguas Calientes, ahora convertido en una población. Larga espera. Frío y sueño y no poder tomarse un té de coca caliente.

Machu Picchu pueblo, la plaza con el inca en el centro. Señorial e impresionante. Ambientado para recibir a visitantes extranjeros. Llaman enormemente los cerros contiguos, tan cercanos y verticales que prácticamente es como el cerco del pueblo. No da espacio para más construcciones.

Múltiples restaurantes a todo lado. El inca bien logrado, en color dorado. Predominio de la roca en todo lugar. Cálido clima con huida de lluvia y llegada del sol, tan suave. Cerros tan amorosos, fascinantes pero imposibles de trepar. Estación de buses que trasladan a los visitantes hacia las alturas del majestuoso Machu Picchu. Verdor de selva, todo el ambiente es gratamente apacible penetra en el sentimiento de los hombres y mujeres. Circundados de abundante vegetación. Los cerros llaman y acogen más que cualquier cosa.

Primera vista del colosal Huayna Picchu, parece que no estuviera ahí.

Multitudes se aprestan a ingresar al santuario de Machu Picchu. Guías vestidos de gris todos, anchos sombreros que protegen del sol, mochileros, bastones. Gente de toda raza, lengua, pueblo y nación lentamente se desplazan por caminos perfectos.

Todo muro de rocas llama, los primeros más escalonados de cinco pisos. Los cerros de enfrente, el inmediato al centro del panorama son de suma admiración. Todos vestidos de variedad de verdes fascinantes. Un alegre árbol se interpone en el paisaje. Selva que preserva sin dudas una respetable y variada fauna.

El primer edificio, una casa alargada con techo de pajas, ventanas alargadas en cimiento escalonado de rocas. Es la belleza de las rocas. Ventana solitaria. Los visitantes van en dos direcciones hacia arriba y hacia abajo.

Hay que tener mucha calma para poder apreciar tanta amabilidad del lugar. Una casita de techo blanquecino se interpone a la visión del Huayna Picchu.

Entre árboles camarillescos y el más puro verdor se desplaza el rio Urubamba, los cerros a ambos lados le corrigen el curso.

Ahí está el Huayna Picchu pero que por la emoción no se puede tomar la vista completa. Hay tanta belleza aquí y tanta perfección que asaltan otros pensamientos paganos ¿Quiénes construyeron esta ciudad? Hombres de altura, una raza extinguida. ¿Por qué y para que construyeron esta ciudad?

Una razón estaría en sus tres fuentes de agua, que es básico para que exista. Otra la facilidad de la explosión de rocas que había en el lugar. Un santuario según lo trazado por el inca aunque no su residencia.

Admirable, peñones grises, matizado de áreas verdes. Bordeadas de bosques y precipicios. Como una fortaleza pero según se sabe no fue el fin.

Dos jóvenes se han sentado sobre una roca labrada a contemplar. Se alimentan de la belleza, de la energía, de la historia del misterio de este lugar.

Sagrado por todo lugar que se mire. Encuentro con las rocas, ciudad de piedras. Encuentro con el pasado, con los antepasados, con la historia suya, con la raíz de esta raza, con las costumbres suyas, con la comida, con la buena fuente. Pasado glorioso. Garcilaso de la Vega decía que al escuchar o narrar la vida de antes de la llegada de los españoles la gente lloraba. Cómo de bueno y agradable habrá sido toda la organización de la vida que se entrañaba con lágrimas.

Los edificios te abrazan, te llaman, te reclaman y te piden tiempo para dedicarles y no se puede. Deben seguir rápidamente, no hay cansancio solo ganas de seguir bebiendo de esta fuente, seguir capturando imágenes, ideas, sentimientos, tratando de que se quede en el corazón, en el sentimiento.

Benditos aquellos que domesticaron las rocas para decirnos quienes son y a qué aspiraban. Su alto grado de civilización, su gran sentido de la belleza, del conocimiento, de la arquitectura. Su aporte a la humanidad. Y pensar que si no hubiera sido por los invasores a que grado de crecimiento hubieran llegado.

Mirando estas rocas y sus edificaciones demora sin duda entender su sentido. Observatorio cósmico. Pueblo para gente especializada.

Sus formas aluden a los símbolos como el puma, el cóndor o la serpiente. La ciudadela tiene de inmediato la forma de un cóndor en vuelo, el mundo espiritual.

Difícil imaginar el ambiente de aquellos períodos. Cuanta gente la habitaría. Que actividades desarrollarían. Si es de imaginar su evidente movimiento de viajes y excelente comunicación entre ellos. Gente que llegaba trayendo y llevando productos.

Sobresalen en el paisaje de la ciudadela cinco montes o lomadas. El mayor es el Huayna Picchu, otro más próximo, junto al otro que también tiene su acceso. Otro con edificaciones hacia la cima, otro dominado por edificaciones mayores. Los ingresantes esta localizados en la pendiente alta.

Relumbrante ciudadela bajo el sol de media mañana. Los andenes con pastizales frescos, tendiendo al color naranja. Al antro lo que sería la plaza, un árbol alto con ramas solo en la parte alta se enseñorea único.

Demasiados ángulos para la vista. Agrupaciones tupidas de casas. Perfectos muros conllevan a los lugares comunicándolos. Edificios circulares, angulares, triangulares, ventanas. Escalones antideslizantes, soportes diversos de la ciudadela. Casas más domesticas con graciosas ventanas, siempre el fondo de selva.

Entallados sobre la misma roca, los símbolos de los tres niveles del mundo inca, la chacana. Mirando hacia la entrada principal. Gran fortaleza de gruesas paredes. Amplios escalones de andenes van hacia lo alto hasta terminar en un puesto de vigilancia de tres ventanas y más allá el camino hacia el Machu Picchu o cerro Viejo.

Punto finamente terminado. Paredes de rocas perfectas y encima de la roca natural se alza una bodega circular con una limpia ventana con el blanco cielo. Portal fantástico pared granítica con una ventana que deja ver un cielo azul. Gradas perfectas que suben en un laberinto de arquitecturas generosas. Grises claros, casi cremas o rosas. Hileras de rocas preciosamente labradas.

Portal para un segundo piso cuyas jambas son de extrema belleza y se han dejado llenar por la luz del medio día. Rocas adorables.

El mismo portal desde dentro da vida al abismo y a los cerros de enfrente inaccesibles pero verdemente bellos. Alfeizar.

Pared amplia y alta que señala al Huayna Picchu después de un portal plomo. Todas las formas se juntan repetidas veces. Una pared que se cierra, un muro corto, una habitación con caída de agua en su techo de paja, murillo al paso y esquina fina de una habitación pasada.

Desde un rústico portal un callejón atraviesa muchas habitaciones y se va hasta chocar con el cerro de enfrente.

La pila de agua que borbotea de una boca de roca dentro de un cuadrilátero finamente acabado. Muros que avanzan para arriba.

Conjunción de muros de techos. Pórtico oscuro con umbral de una pieza. Espacios amarillos.

Rocas blanquiñosas y cuarto verdusco van hacia los seudo andenes verdes claros y terminan en el Huayna Picchu oscuro.

Callejón suficiente, amable, sus rocas entintadas de poros blanquecinos como fisgona lepra. Generosos muros protegen una ventana gruesa. De los campos verdes a las montaña. Mirada global al Huayna Picchu. Estadios de campos a varios niveles que contrastan bellamente con las paredes grises. Más de campos y lejanas paredes.

Templo en lo alto de la ciudad. Miradores como estantes repetidos, a ambas parapetos. Gran mesa de sacrificios.

Pared que se ha soltado, gran muro de roca inconclusa. Amplios ventanales olímpicamente bien terminados. Tres ventanales que terminan en los riscos de enfrente.

Pared exterior cual lomo de ballena y cerrillo con sus ensanches.

Mirada profunda a uno de los campamentos principales. Con puertas, ventanas, patios, altos muros y techo a dos aguas alargado. Estadios muy a tono con el conjunto. Casullas de vigilancia con techos de pajas.

Al pie del Huayna Picchu.

Armazón de rocas, desde enormes al empezar y más pequeños al terminar. Locuaz ventana labrada en la roca al comenzar.

El intiwatana. Las edificaciones son varias, tienen un proyecto, tienen que ver con el sol, con la luna, con la ubicación del lugar, ve lo sagrado. Es cósmico, tiene que ver con la física. Este reloj del tiempo señala la fecha, la altitud y movimientos de la luna, los meses.

Roca base y el bloque afinado tiene tres labrados: tres niveles, un cuadrado irregular y la roca que sobresale como mástil o aguja de reloj.

Repetidos muros que circundan como muros de contención contra el deslizamiento. Al fondo el rio Urubamba acompañado de un camino paralelo. Más muros a ambos lados del monte. Victoriosos taludes que alcanzaron las alturas y los sostienen firmemente.

Enorme tambo ventana al lado que termina en un vértice que apunta a lo alto. Más taludes se agrupan para sostener otro monte del lado del Cerro Viejo.

Gran pizarrón que no consigue cerrar la visión total del paisaje.

La entrada al Huayna Picchu. El grupo admite gallardamente no trepar la cima de este hermosos y simbólico cerro. Una seguidilla de visitantes tienen que firmar de que se hacen responsables de sus actos, si pasara algún percance en la montarás montaña. Luce bella de bella. Seductora hasta la perturbación pero fatal. Los que van deben tener una máxima atención a cada movimiento. Un ángulo del Huayna Picchu se muestra oscuro, rodeada de tupido matorral y abundante follaje. Sus precipicios mortales a cada lado.

La habitación de los deterioros. Señales que advierten del mucho cuidado que hay que tener con la ciudadela de su decadencia.

Cuatro alargados ventanales en una amplia pared pero al lado contrario hundimientos hablan del cambio de estado de las construcciones. Interiores de tres alacenas alargadas y tres de la misma idea pero más pequeñas.

Mirando desde el estadio grande desde los pastizales hacia la cima del Intiwatana. Multiplicidad de escalones francos grandes. Escalón que trepa por un callejón. Interiores de un gran edificio, tres ventanas rodeados de muros. Rocas en la pared con sus respectivos dibujos geométricos. Al centro roca de ocho ángulos.

Escaleras al monte del Intiwatana y el torreón cuadrado.

El punto principal para apreciar la ciudadela y al Huayna Picchu. Caminos ocultos atraviesan la ciudadela. Cuatro columnas cuadradas con sus respectivos miradores. Tienen formas confusas como engarces según el modelo de la montaña.

Ciudad completa, moderna pero de rocas puras, sin techos, con las cuales se verían totalmente distintas. Contrastan con las paredes de la bella montaña. Modelo de las nuevas ciudades del mundo.

Huayna Picchu pleno. Precedido por dos picchus más pequeños a su lado izquierdo. Silueta con aristas de azadón o machete. Ciudad llena de secretos, bien elegida. Accesible pero temeraria. Es increíble estar aquí por lo bello y por lo riesgoso y sin embargo llega gente de todo tipo sin pensar en ningún riesgo.

Pareciera no querer revelarse. Difícil decir que es esta montaña. Es un mudo testigo de un tiempo glorioso.

Habitación rocoidal, puerta de luz poderosa, techo de pajas, ambos extremos domina la luz. La tarde sigue regalando otras visiones de la hermosa ciudad, cada enfoque no deja de ser bella. Las sombras de los abismos le agregan más misterio aún.

La periferia de la ciudad esta bordeada de caminos, de habidos bosques que quieren devorar la ciudad y engullirla en su espesura. Mucho bosque, rígidas paredes de montañas vecinas tan gratas. Aún el edificio de la modernidad sería engullido en poco tiempo por la voraz selva. Preciosas aguas descienden por en medio de tupida vegetación.

Selva madre, salvaje y auto protegida. Ciudad de fantasía, creada para extranjeros con qué sentido.

Estación de tren que pareciera que no cabría en este poco espacio pero caben muchos en toda la estreches. Están en los dominios de los altos montes. Artesanías que abundan en tejidos. Dentro del tren de duro respaldo invitando al sueño.

Cusco milenario, piedra de los doce ángulos. Esquina adorable de rocas labradas, de muchos testigos. Se viste de chullo y de poncho multicolor.

Calle vacía pero entrañable. Amaneció llovido.

Pared del pasado y del presente. Posadas ensombreradas por la mañana. Calle solitaria de altas paredes blancas. Mujer solitaria camina por la singular calle.

Iglesia colonial de piedras modernizadas, catedral de la misa, del sacerdote lugareño en la fiesta de la pasara. Torres señoriales. El cóndor en el hotel sobre las alturas del Machu Picchu.

Calle amorosa de piedras, de blancura, de blancura de luz. Sentado en estas rocas de manos artísticas, un cielo en la rendija de lo alto y una puerta con farola, centro cusqueño. Símbolos de la culebra, el puma y el cóndor tallados en la pared perfecta de rocas unidas finamente.

Marco de arte precolombino. Calle de los confesores empedrada bellamente. Imponentes torres de la catedral. Cúpula de la Iglesia de San Francisco. Turistas y mochileros en la esquina del museo.

El inca dorado con su bastón de mando. Señala con la mano la ruta del sol. Mirada plena al San Francisco, a todo su esplendor de templo. Calles de arcos. Otras torres de Iglesia. Otra Iglesia al final de una calle. Los amantes de la música en guitarras. Puerta de varias jambas.

Callejón de muchos sueños.

Portones emblemáticos.